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Tres mundos para la mujer y un enorme costo económico

15 de Mar, 2010
Tres mundos para la mujer y un enorme costo económico
Fundación Gaztelan
- Sara
  • Opinión


Desde la perspectiva de la posición que ocupa el género femenino, en términos legales, sociales y económicos, se pueden distinguir tres mundos. Son muy dispersos, y no responden, en general, a divisiones geográficas, sino a patrones culturales y socio-económicos.

Un primer mundo en el que la mujer goza de igualdad formal y real (o "casi real") con el hombre. Ese mundo es muy reducido, todavía. Se puede estimar que viven en él sólo 200 millones de mujeres (alrededor de un 6% de las de la Tierra y menos que la población de Indonesia). Además de pequeño, ese primer mundo tiene una distribución no uniforme. Estamos ante un conjunto de "islas de igualdad" en determinados países, sectores económicos (sobre todo de titularidad pública) y actividades.

Existe un segundo mundo en el que la mujer tiene reconocidos los mismos derechos que el hombre, pero en el que la igualdad no es todavía real, ni efectiva. En ese "segundo mundo" estimo que pueden vivir alrededor de 1.000 millones de mujeres (un 30% del total del género femenino).

Finalmente, todavía subsiste un tercer mundo en el que la mujer tiene menos derechos que el hombre (o no tiene ninguno), por razones sociales, culturales o religiosas, en el que podrían habitar aproximadamente dos tercios del género femenino, alrededor de 2.200 millones de mujeres, de toda edad y condición.

Es significativo confirmar que en los países del mundo en los que los índices de desarrollo humano (o expresado en términos tecnológicos, los de I+D+i) son más altos, la mujer disfruta de una igualdad con sus colegas masculinos reconocida legalmente y ejercida realmente. El ejemplo más destacado lo tenemos en los países nórdicos europeos (y la excepción más relevante en Japón y, en menor medida, en los Estados Unidos).

En esos países, además, se ha creado ya un escenario económico en el que la mujer tiene una equiparación salarial real con el hombre (o muy próxima al mismo) y, además, el número de mujeres que trabajan en puestos retribuidos es igual que el de hombres. En cambio, en España la población activa masculina es 2,2 millones mayor que la femenina (antes de la crisis era 4 millones más grande). Por tanto, esos países avanzados han sabido construir un modelo económico y social que posibilita la igualdad. En conclusión, la igualdad real no es una utopía.

De todo lo anterior resulta fácil deducir que queda mucho camino por recorrer para situar a la mujer en posición de igualdad real con el hombre. Y es que, todavía, existen 2 "techos" que limitan su aportación al desarrollo global: para los 2.200 millones de mujeres que viven en lo que denominaba "tercer mundo", existe un "techo de cemento" (duro y visualmente percibible); para los 1.000 millones que configuran el "segundo mundo" femenino, su proyección la frena un "techo de cristal" (que no se ve, pero existe)

La existencia de esos dos "techos" no solo es rechazable por razones éticas, morales o sociales, sino también por puras, y relevantes, razones económicas. Porque, la mayor dificultad que sufre la mujer para acceder al mercado de trabajo y, una vez en él, para tener el mismo nivel de percepciones y de oportunidades que el hombre, representa un tremendo impacto negativo sobre el PIB mundial, en términos de menor volumen y de capacidad de crecimiento.

Para visualizarlo, situémonos en un escenario muy conservador, en el que en el año 2050 las mujeres alcanzaran el 52,9 % de ocupación, la que hoy tienen los hombres a nivel global. Con ello, se incorporarían al mercado laboral 857 millones de mujeres. Si el salario de esas mujeres fuera igual al PIB per capita global actual (alrededor de 8.900 dólares) estaríamos hablando de un aumento de renta global de 7,6 billones de dólares, en el 2050, es decir casi el PIB actual de China, segunda potencia económica mundial.

Si a eso añadiéramos un nuevo sumando potencial, el de la equiparación salarial con el hombre para todas las mujeres trabajadoras, podríamos concluir que cuando se logre una igualdad real y efectiva entre hombre y mujer (en el acceso al trabajo, en la retribución y en las oportunidades profesionales) la mayor aportación del género femenino al PIB mundial, representará, no sólo una enorme innovación social, sino que se traducirá en una increíble generación de renta y, por tanto, de prosperidad para todos.

Con una visión actual y centrada en Europa, señalaba hace pocas semanas la Ministra belga, Jöelle Milquet, que la igualdad plena de derechos garantizaría los sistemas de seguridad social y de pensiones de los países miembros de la Unión Europea, porque elevaría sus índices de PIB "entre un 15 y un 40%" y haría crecer a la Unión un 30% de media, todo ello en una Unión Europea que, como señaló la Sra. Milquet, "no puede admitir que la brecha salarial en su territorio oscile entre el 4 y el 30%, en función del país, o que la tasa de empleo de las mujeres con hijos sea un 10% menor que los hombres".

Para España, la falta de igualdad de género, representa también un enorme costo económico y social, 140.000 millones de euros de menor PIB, en estimación del eminente economista Guillermo de la Dehesa (un 14% del PIB). Para el País Vasco, este menor PIB potencial originado por la desigualdad de género, se situaría en una cifra muy significativa, de alrededor de 6.200 millones de euros.

Con visión de futuro, y también de presente, no podemos permitirnos ese despilfarro. Estamos pagando un precio inaceptable por la falta de igualdad. Por tanto, hay que resolver ya este problema. Y hay que situar a Euskadi en el primer mundo.

autor: pedro luis Uriarte
Fuente: Diario de Noticias

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