Autor/a: 
Carlos Askunze Elizaga

Frente a una economía que se nos presenta cada vez más alejada del control político y de la ciudadanía y que nos conduce, al parecer, a un desastre social y ambiental, en los últimos tiempos se han multiplicado diversas iniciativas que tratan de recuperar la economía como un espacio donde desarrollar prácticas basadas en la reciprocidad, la sostenibilidad ambiental, la solidaridad o el bien común.Hoy, quizá como nunca antes había sucedido, cada vez más personas somos conscientes de que el capitalismo ha convertido nuestras vidas y nuestro planeta en una mercancía. Un sistema, en definitiva, medioambientalmente insostenible y socialmente injusto que no es capaz de garantizar la felicidad y la vida en condiciones de todas las personas en cualquier lugar del planeta.

Es en este contexto en el que surgen esas iniciativas alternativas que conectan con la relación cotidiana que tenemos con la economía. No se trata, por tanto, de utopías alejadas de la realidad ni de grandes propuestas que se alejan de la posibilidad de que las personas puedan participar en ellas. Se trata de impulsar una nueva forma de hacer economía, la Economía Solidaria, que reúne un conjunto de prácticas basadas en principios y valores que prefiguran los contornos de una propuesta económica alternativa al capitalismo. Un movimiento –económico, social y político–, que aspira, junto con otras redes y movimientos, a transformar de raíz y desde abajo, nuestra sociedad local y nuestro mundo global.

Hay alternativas. Y esas alternativas demuestran que el cambio no solamente es necesario, sino posible. Alternativas que están al alcance de nuestras manos, en nuestros barrios y pueblos, en nuestros grupos eclesiales, en tantas organizaciones sociales que trabajan con mimo y tenacidad en su desarrollo.

En el ámbito de las finanzas hoy podemos contar con los servicios bancarios de Fiare Banca Ética, participar en campañas de crowfounding en plataformas como Goteo de apoyo a proyectos socialmente beneficiosos, o utilizar nuestros ahorros en iniciativas como Coop 57 o Oikocredit para garantizar el acceso al crédito de proyectos cooperativos y sociales en nuestro entorno o en países del Sur.

Podemos dejar de pagar el recibo de la luz al oligopolio de las empresas multinacionales eléctricas y hacerlo a través de cooperativas de iniciativa social no lucrativas como Som Energia o Goiener que trabajan en el impulso de las energías limpias, seguras y renovables.

En el ámbito de la alimentación, han proliferado los grupos y asociaciones de consumo que se relacionan directamente con los agricultores y agricultoras, para proteger el espacio local de su trabajo, priorizar aspectos ecológicos en la producción y garantizar unas condiciones justas en su venta.

Y para aquellos productos como el café o el chocolate que no se producen en cercanía, siempre tendremos cerca una tienda de comercio justo que promueve relaciones comerciales directas con las comunidades productoras de los pueblos del Sur y lucha por modificar las injustas relaciones comerciales internacionales.

Tiendas de ropa y de otros productos recuperados, medios de comunicación alternativos y cooperativos, telefonía y comunicación, seguros, cooperativas de vivienda, editoriales y librerías asociativas… son algunos ejemplos de que cada vez existen más opciones de ejercer un consumo crítico, consciente y transformador que contribuya a construir esa economía solidaria. Pero hay más, en REAS-Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria, movimiento que agrupa en todo el Estado a este tipo de iniciativas, podemos encontrar cientos de iniciativas económicas de servicios en el ámbito del ocio y la cultura, consultoría, hostelería, servicios ambientales, limpieza y mantenimiento, cuidados a personas, servicios auxiliares para la construcción y reformas, mensajería, intervención social… Un auténtico “mercado social” que funciona con criterios alternativos al capitalismo, priorizando valores relacionados con la ecología, la democracia, la inclusión o la no lucratividad.

Y, cómo no, también el movimiento impulsa iniciativas que tengan que ver con la reducción del consumo o la utilización de formas de intercambio no monetarizadas como bancos del tiempo, ferias de trueque, uso de monedas sociales y, claro, cómo no, el desarrollo de tareas de voluntariado y militancia al servicio de las personas y la comunidad.

En fin, existen, como decíamos, alternativas en todo el ciclo económico (financiación, producción, comercialización y consumo) y todas ellas dependen del compromiso de las personas. Compromiso laboral, voluntario, de apoyo económico o, simplemente, como personas consumidoras responsables. De todos y todas depende que cada día multipliquen su impacto en la transformación económica y social.

Fuente: RPJ-Revista de Pastoral Juvenil, nº 520, abril 2017 (pág. 31-32)