Autor/a: 
Jesus González Pazos (Mugarik Gabe)

Hace unos años, y de forma paralela a la crisis que sufrieron los planteamientos más tradicionales de la izquierda clásica tras la desaparición del llamado bloque soviético, el término imperialismo cayó en desuso hasta su casi desaparición del lenguaje político y quedó relegado a los libros de historia. No era moderno hablar de imperialismo, como casi tampoco lo era declararse de izquierdas y si, a lo sumo, progresista. Sin embargo, el mundo sigue dando vueltas y el afianzamiento del neoliberalismo y de sus consecuencias más duras, traducidas en el dominio de los mercados y de las élites económicas sobre la vida de los estados y pueblos, vuelve a poner sobre la mesa este término. 

Así, ajustándose a las nuevas realidades político-ideológicas que hoy vivimos, se hace necesaria una revisión y actualización del término y de su significado. Interesa en este sentido un enfoque que hable del nuevo imperialismo basado principalmente en el desplazamiento de la acumulación del poder desde las manos de las clases políticas tradicionales y de los estados-nación hacia las élites económicas. Pero, hasta llegar a ello, y para entenderlo mejor, exploremos algunos elementos fundamentales del imperialismo clásico. 

Hanna Arendt observó hace ya un tiempo que la acumulación sin fin de propiedad requería a su vez una acumulación sin fin de poder. Es decir, cuanta más riqueza se tiene, más poder se necesita para su protección y ampliación. La historia ha demostrado que los diferentes imperialismos habidos cumplían en gran medida esta regla, entendiendo además que la acumulación de poder tenía la necesidad a su vez del aumento de la expansión y control territorial. Tendremos así los tres elementos esenciales en el desarrollo imperialista, a saber: capital, poder y territorios. De esta forma, el término imperialismo será aplicado a la teoría y práctica política que promueve el dominio de pueblos y países a través del empleo de la fuerza, ya sea ésta económica, militar, política o, en la mayoría de las ocasiones, del uso de las tres. 

Y esa expansión y dominio territorial para mantener la acumulación de capital y poder pese a que la misma se constituía como su talón de Aquiles, su punto más débil. Un repaso rápido por imperios pasados nos permitirá ver con mayor claridad esta situación reiterada continuamente a lo largo de la historia, cuando menos, en occidente. Incluso el dominio estadounidense, con sus nuevos elementos, como son el control de territorios a distancia y sin necesaria y permanente presencia directa, e iniciando posiblemente hoy ya su declive como potencia imperial, empieza hace una década larga ya a sentir el dolor en ese punto débil. Cuando a finales del siglo pasado centró sus objetivos en el control preferente de oriente medio y sus recursos naturales, convencido de que América latina estaba bajo su absoluto control, fue precisamente este continente el que mostró las primeras grietas con el desarrollo de los llamados gobiernos progresistas.  

Pero lo que aquí tratamos de plantear es un cambio profundo en el concepto y características del imperio hoy en día. Porque, lo que señalan muchos indicadores es que la hegemonía y control del poder ya no necesariamente se basa en el dominio territorial directo según el modelo tradicional. Al contrario, el eje central hoy sería la acumulación y concentración de poder en manos de quienes ya disponen de una insultante acumulación de capital, es decir, en las élites económicas y esto indistintamente de su adscripción estatal, nacional o identitaria. 

Se entiende así mejor que lo característico ya no serán los viejos imperios español, británico, ruso, francés o estadounidense ejercidos desde sus respectivas metrópolis, sino uno nuevo que extiende su dominio desde diferentes puntos focales dispersos en el planeta, que se han constituido en nuevos centros de poder. Dicho de otra forma, el nuevo imperialismo se puede ejercer desde puntos tan diversos como la city londinense, Wall Street, Frankfurt, Shanghai o Silicon Valley. Lo importante será ahora la concentración del poder en manos de transnacionales varias (bancarias, financieras, extractivas, construcción, farmacéuticas, químicas…) que, desde sus respectivos consejos de administración (élites), definirán las políticas, los lineamientos económicos, los intereses de desarrollo y la vida de millones y millones de personas, además de la del mismo planeta que habitamos. Este es el nuevo imperialismo que pretende la reafirmación neoliberal tras la crisis del capitalismo de los últimos años, caracterizado por una concentración máxima del poder en las élites económicas, una vez subalternizadas las clases políticas tradicionales, y por la descentralización de ese mismo poder, que ya no reside en la metrópoli imperial sino en diversos focos de poder distribuidos por el mundo. Se entiende así mejor como un sencillo repaso nos permitiría contabilizar un número muy reducido de empresas transnacionales que hoy controlan la economía mundial, dictan sus prioridades y están presentes en los principales centros de poder y decisión, en unos casos de forma muy visible y en otros en aparente segundo plano (Banco Mundial, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional, BID, las bolsas, foros de Davos o Bilderberg…).

Se controla absolutamente la acumulación de capital en pocas manos, y se ejerce el mismo tipo de control sobre el poder político, ya no desconcentrado y disperso en multitud de fuerzas políticas o gobiernos, sino con un papel delegado (subalterno) asignado a éstos desde las élites económicas, auténticas detentadoras de lo que en algún momento fue el independiente poder político. Por ello es innegable el paralelismo que se ha dado en los últimos años entre la pérdida de soberanía de los estados y el aumento del poder de las transnacionales, que si bien en unos primeros momentos se centraron en decisiones económicas, ha ido avanzando hacia el control de otras esferas sociales y políticas hasta alcanzar la vida misma del planeta. Así hoy las grandes decisiones que se necesitan, y urge, tomar, como acuerdos contra el cambio climático o garantías sobre la sostenibilidad de la vida, pasando por el devenir de las guerras o los procesos de empobrecimiento de millones de personas, deben atravesar primero por el tamiz oculto de los consejos de administración de las grandes empresas que deciden hasta dónde se puede llegar en las principales leyes nacionales o en los acuerdos y tratados internacionales sin poner en grave riesgo sus objetivos, principios y beneficios. No se puede olvidar que la base ideológica de este imperialismo economicista está hoy radicada, más allá del mantenimiento y desarrollo del sector privado, en la privatización de lo público y de los recursos comunes a escala planetaria para su explotación y obtención ciega de ganancias. Siempre en concordancia con la permanente acumulación de capital y poder para su crecimiento sin fin.

Respecto al control territorial. Para mantenerlo ya no es estrictamente necesario el uso directo y presencial de fuerzas militares y administrativas; al contrario se ejerce mediante el control de las finanzas, las balanzas de pagos y las deudas de los estados. De esta forma es muy sencillo para los poderes económicos estrangular la viabilidad de los estados si éstos no definen “convenientemente” sus lineamientos políticos y económicos, tal y como Grecia nos demostró recientemente. Pero esto no quiere decir que el nuevo imperialismo descarta totalmente el ejercicio de la fuerza para reconducir experiencias que puedan plantear alternativas posibles al control neoliberal. Así se ha puesto de manifiesto a través de los llamados golpes de estados blandos o institucionales (Honduras, Paraguay, Brasil…) u otros duros como siempre (Egipto).        

En este sentido, si bien en la fase clásica del imperialismo este sistema supuso un reparto del mundo entre varias potencias, hoy ese control territorial ya no es estrictamente necesario. Como tampoco es preciso que ese poder resida en el control que ejerza una determinada clase política de una metrópoli concreta. Al contrario, se puede hablar de una clase transnacional (élites económicas) constituida por los consejos de administración de las distintas grandes transnacionales coordinadas en diferentes espacios y redes de poder que deciden sobre el presente y futuro de la mayor parte de la humanidad. Pero, todo esto se puede cambiar, porque ningún imperio es infinito e inmutable.