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Bilbao

Que emprendimiento es una de las palabras clave más referenciada en noticias relacionadas con el empleo, la reactivación económica o la salida profesional de personas jóvenes y/o desempleadas resulta bastante obvio. Que en los últimos años han proliferado múltiples planes, programas, aceleradoras, incubadoras, redes de business angels, políticas y servicios públicos, e incluso canales televisivos y magazines especializadas, también. Sin embargo, y más allá de los círculos informales y de confianza, poco o nada estamos oyendo de cómo están siendo vividas y gestionadas las vidas de las personas que de forma consciente e inconsciente se aventuran a emprender.

Apenas contamos  con datos cualitativos o reproductivos acerca del emprendimiento y de los niveles de calidad de vida y bienestar relacionados con este. Ni con cuantitativos acerca de, no el número de empresas o profesionales que de dan de alta, sino de las que se dan de baja y porqué. Y mucho menos de datos basados en modelos econométricos que incluyan un mix de variables como: niveles de renta, niveles educativos, capacidades personales, factores vulnerables de las personas emprendedoras (sociales, culturales, económicos,…), políticas territoriales de emprendizaje, tipología de proyecto o modelo de negocio, acceso a la financiación, el estigma social, la cultura innovadora,… etc.

Si entendemos que el fomento del emprendimiento debe entrar en una fase madura e instalarse como una opción de vida y desarrollo económico para parte de la población y el territorio que habitan, quizás convendría comenzar a hacerse nuevas preguntas que respondan a la complejidad del ecosistema emprendedor. Acercarse a una balanza entre la Sostenibilidad del entorno, la Vida de la persona emprendedora y la Viabilidad del proyecto. Términos que conforman este palabro, SosteVidabilidad.

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