Según el último barómetro del CIS publicado en junio de 2017, el principal problema que preocupa a los españoles y españolas es el paro. Un 41,7% de la población lo valora como el principal problema, muy por encima de otros como la corrupción o la situación económica general. Este resultado es el mismo desde hace varios años tras el estallido de la crisis económica.

Esto es entendible teniendo en cuenta los hechos. Por un lado nos encontramos ante una situación de incertidumbre, en comparación con la época de nuestros padres y madres, donde prácticamente tener trabajo o no tenerlo son estados igualmente indeseables, pues la oferta se caracteriza por una bajada considerable de la calidad y el salario y un aumento de la temporalidad y la precariedad. Por otro lado, también es entendible teniendo en cuenta una cuestión lógica: el trabajo supone una de las facetas básicas en la vida de cualquier ser humano. Además de suponer nuestro sustento vital, se constituye como una de las vías fundamentales de realización personal y social, y es por ello que la falta de trabajo o el miedo a no tenerlo suponga el quebradero de cabeza de muchos y muchas.

Cuando se habla de trabajo o de la situación laboral, siempre se suele hacer desde un punto de vista estadístico y a niveles muy generales. Este análisis es necesario, pero también puede resultar oportuno hablar sobre aquellas cuestiones culturales que no se aprecian a primera vista o simplemente no se pueden constatar empíricamente. ¿Qué implicaciones tiene una situación de fragilidad laboral en el significado que se le da al trabajo? ¿cómo lugar le damos al trabajo entre las otras facetas vitales básicas? Si bien el trabajo es un pilar fundamental en la vida de cualquier persona, ¿cuántos y cuántas de nosotros y nosotras podemos diferenciar ese pilar del resto?

Muchos y muchas se sentirán identificados con la sensación de estar llevándose "trabajo a casa", en sentido real o figurado, o con la impresión de tener un trabajo muy absorbente que impregna aspectos de nuestra vida como la familia, nuestras relaciones sociales o nuestra propia salud. Para colmo, la tecnología ha extendido esta conducta manteniendo a los empleados y empleadas siempre disponibles para sus jefes y jefas a cualquier hora del día, de modo que son muy pocos los que pueden presumir de cumplir estrictamente con su jornada laboral y no regalar ni una hora más de su tiempo, de manera presencial o no.

Cumplir con horas extras no remuneradas también se ha convertido en una práctica demasiado habitual, llegando a tildar de "afortunado" a aquel que sí recibe una compensación económica por ellas. Pareciera incluso como si las horas extras fueran el precio que se tiene que pagar por tener empleo y continuar manteniéndolo. Sin hablar de aquel que cumple con su jornada laboral, recibe una remuneración que le permite llevar un estilo de vida digno y además desempeña una laboral acorde a sus expectativas de realización personal. Este último casi podría ser considerado como ser mitológico.

Se ha creado una cultura del trabajo a raíz de la precariedad laboral donde la implicación se mide en el tiempo invertido no remunerado y en el nivel de sacrificio que se esté dispuesto a asumir.

Este es un análisis al que muchos habrán podido llegar pero ante el cual existe cierta conformidad o pasividad. Esto tiene que ver con la situación obvia de desconcierto e inestabilidad laboral, pero también con ciertos factores culturales y organizativos de carácter interno que nos llevan a permanecer en un estado de aletargamiento a la espera de aquello que llamamos "tiempos mejores".

Hablamos de cierta ley implícita e interna que se nos transmite como una especie de sabiduría ancestral cuando logramos sumergirnos en los entresijos de una empresa u organización, que muchas veces se contradice con lo que se nos pide de manera explícita. Hablamos de la contradicción entre los valores y aptitudes que se dicen buscar, y la significación que adquieren esos valores en el contexto de la realidad empresarial.

Cualquier entrevistador o entrevistadora nos dirá que las aptitudes más valoradas en cualquier empleo son la implicación, el trabajo en equipo, la capacidad de resolver problemas, la disciplina o la iniciativa. Sin embargo, estos valores adquieren otro cariz aplicados a la realidad del trabajo. La capacidad resolutiva se valora si se resuelven dichos problemas sin crear otros, es decir, sin problematizar otras cuestiones. Se trata de resolver problemas, no crearlos. La disciplina, así mismo, se traduce en no cuestionar las reglas ni el status quo dominante, cumplir el deber sin preguntarse por qué. La implicación se mide en la capacidad de sacrificio, en cuánto se está dispuesto a dar más allá de lo solicitado formalmente. El trabajo en equipo será positivo siempre y cuando exista cierta competitividad, fomentada de manera sutil pero siempre latente, pues el trabajo en equipo, la complicidad entre compañeros, y más en una situación de precariedad, siempre conlleva cierto peligro de rebelión. La creatividad, será bienvenida siempre que se respete la jerarquía de roles y no conlleve un menoscabo del prestigio de los mandos superiores. Del mismo modo que la iniciativa. Esta será valorada cuando no suponga una contradicción con las pautas previamente establecidas ni cuestione la autoridad o el modo de proceder de nuestros responsables.

En definitiva, se trata de un conjunto de valores que a medida que sumamos horas en nuestra vida laboral vamos entendiendo e interiorizando sin apenas ser conscientes. La asunción de estos valores junto con el ambiente de volatilidad laboral que se ha creado a nivel general, favorece una actitud de conformidad ante trabajos alienantes que en la mayoría de casos no tienen nada que ver con la forma que elegiríamos de realización personal.

Yosara Bouyanzari
REAS Navarra