Por J. Marcos y Mª Ángeles Fernández para la Revista Pueblos

El sistema promete la solución al cambio climático (y de paso una salida a la crisis económica y social) tiñéndose de un color-esperanza que posibilitaría el cacareado desarrollo sostenible gracias a los avances tecnológicos. Los negocios y la política abrazan el renovado dogma crecentista, en una desbocada carrera de beneficios y ganadores, pero también con pérdidas y víctimas.

“Se trata de abrir una nueva etapa en la historia, pensando en nuestros hijos y nietos”, en un “horizonte lleno de posibilidades y oportunidades”. La imaginación del presidente extremeño Guillermo Fernández Vara en su discurso de apertura del último Debate sobre el Estado de la Región no dejó de soñar aquella tarde en la que vislumbró “convertir” a la Comunidad Autónoma en un “referente mundial de economía verde”, basada en “la generación de riqueza y empleo”.

Difícil parece no aplaudir y aceptar una propuesta semejante, en un contexto de paro generalizado y con la Ciencia alertando de la urgente necesidad de mitigar los efectos del calentamiento global. Incluso la tonalidad escogida, tradicionalmente vinculada a la esperanza, invita a seguir sin cuestionamiento alguno esa senda. Apenas es un aterrizaje territorial de viejas políticas, pues la comunidad internacional propuso un discurso similar en los años 80 del pasado siglo. De momento, las palabras no se han traducido en hechos.

El Informe Brudtland[1] fue el primer documento oficial que subrayó la necesidad de repensar el modelo, ante la creciente preocupación por la salud del planeta. El dogma del capitalismo se mantuvo intacto: más crecimiento pero con algún matiz. Y se le puso un nombre: “desarrollo sostenible”. La fórmula recibió en 1992 el espaldarazo de Naciones Unidas, en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro (Brasil). Desde entonces el concepto ha sido usado, reutilizado y manoseado para apostar por políticas económicas que buscan el crecimiento constante estrujando a la naturaleza y sus recursos. “Esto que se llama crecimiento no ha sido más que la quema masiva de la riqueza de las naciones”, concreta Jordi Ortega, experto en energía y dióxido de carbono. Cuando el término ya no dio más de sí, se le buscó sustituto. Y fue de nuevo en Río, 20 años después, cuando la ONU rememoró su Cumbre de la Tierra en la urbe carioca[2], bajo el lema “El futuro que queremos”. Había nacido la era de la economía verde.

En la actualidad es complicado encontrar gobiernos, instituciones o transnacionales que no incluyan algún departamento, programa o eje de actuación tildado de sostenible, bio-, eco- o responsable. Los apellidos cambian, pero las políticas giran incólumes en torno a los mismos objetivos: crecer. “Una chapuza conceptual destinada a modificar las palabras en lugar de cambiar las cosas, una simple marca publicitaria sin contenido”[3], escribe el francés Serge Latouche, defensor del decrecimiento.

La fe tecnológica

Los conceptos, acompañados de estrategias de publicidad y envueltos en estéticas dominantes, siguen ahí, pero ni las circunstancias ni el contexto que les exigió nacer han mudado. El cambio climático es cada vez más marcado y la escasez de recursos (sobre todo de energías fósiles) es más incisiva. “La atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido, el nivel del mar se ha elevado y las concentraciones de gases de efecto invernadero han aumentado”, resume el quinto y último informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). El camino que hay que transitar no acepta matices: “Para contener el cambio climático, será necesario reducir de forma sustancial y sostenida las emisiones de gases de efecto invernadero”. Pero ¿qué medio de transporte usamos para hacer el recorrido? Bicicleta o coche; ir a pie o usar el avión. Las opciones son diversas y contradictorias.

De momento, la enésima modernización del capitalismo, esta vez la verde, se basa en las posibilidades que ofrece la técnica: tras una etapa de contaminación seguiría otra que permitiría seguir creciendo mientras se reducen los impactos negativos. Una especie de ‘U’ invertida que la Academia llama la ‘curva de Kuznets’, y que, según el ambientólogo Lluís Torrent, es la estrategia seguida por los mal llamados países en desarrollo.

Hay quien apuesta, en cambio, por un nuevo rumbo total. “Tenemos que despedirnos del sistema económico actual”, señala uno de los investigadores del IPCC, Ottmar Edenhofer. Torrent opta por el punto medio: “La eficiencia es necesaria y por ello la tecnología es esencial, pero lo importante es la reducción absoluta de emisiones y mantenernos en niveles sostenibles. Es imprescindible abordar el cambio de comportamiento y estilo de vida de la población de los países más contaminantes, así como el modelo de desarrollo”. Jordi Ortega va más allá y habla de la economía circular basada en prestar y donar, es decir, desmercantilizar la naturaleza; y ofrece un ejemplo: “Se puede vender la cebada a bajo precio, porque los ‘residuos’, que son parte de la producción, sirven para fertilizar la tierra, como alimentos de animales, como uso energético y como suministro fotoquímico para la industria”.

La eficiencia puede ciertamente aumentar, pero las estadísticas demuestran que la disminución de la contaminación queda sistemáticamente anulada por la multiplicación del consumo. Un segundo matiz: la actividad se basa en la externalización de sus actividades hacia las periferias del mundo. Precisamente ahí estarían las principales víctimas de este capitalismo verde, tal y como cuentan Miriam Lang y Dunia Mokrani: “Es ahí donde los campesinos expulsados de sus tierras, ahora destinadas a usos más ‘rentables’, pasan directamente a la pobreza o a la indigencia; y es ahí donde un encarecimiento de los alimentos básicos se traduce inmediatamente en hambre. Es ahí también donde el calentamiento global produce millares de muertos”[4].

Un negocio rentable

Inundaciones en Centroamérica, extinción de la biodiversidad en la Amazonia, migraciones forzosas en Oriente Medio, escasez de recursos en África, sequías en Sudamérica. El capitalismo ha convertido cada crisis en una oportunidad para unos pocos. El calentamiento global es desde hace años una fuente de beneficios con ganadores y víctimas: no es casual que el listado de catástrofes naturales que encabeza este párrafo se centre en los países del Sur. Basta teclear en cualquier buscador en línea ‘fondos de inversión en cambio climático’ para cerciorarse de la cantidad de ofertas, tanto públicas como privadas, disponibles en el mercado especulativo y financiero. Uno de los últimos en apuntarse ha sido el cofundador de Microsoft Bill Gates, quien a finales del pasado año anunció la creación del fondo Breakthrough Energy Ventures.

Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, advierte de un “riesgo evidente de tecnocratización y financiarización de los problemas ecológicos, desde la perspectiva de los intereses lucrativos y especulativos de quienes, a menudo, los han creado”. Bonos verdes de inversión del Banco Mundial, dinero para nuevas infraestructuras de adaptación que caen en manos de las grandes constructoras, mercado de emisiones de dióxido de carbono… Hay muchas maneras de hacer caja con la economía verde.

La tarta es de tal tamaño que a su alrededor crece todo un universo de intereses e interesados, entre ellos, transnacionales pero también gobiernos: la guerra por el deshielo del Ártico es un excelente escenario de muestra. Todos ellos involucrados en una apuesta con ganadores… y perdedores, pues la mercantilización de la naturaleza esconde una nueva forma de colonización, en forma de apropiación de los recursos del Sur.

El discurso hegemónico, remata el teórico alemán Anselm Jappe, con frecuencia explica la crisis ecológica como “la consecuencia de una actitud humana errónea con respecto a la naturaleza”, presentándola como “un problema que se puede resolver en el interior del capitalismo, con capitalismo verde. Raramente se indica que esté ligada a la propia lógica del sistema”. ¿Traerá la tonalidad verde la esperanza? Latouche[5] finaliza: “Es un mito creer que llegaremos sin esfuerzo, sin dolor y además ganando dinero a establecer una compatibilidad entre el sistema industrial productivista y los equilibrios naturales”.


J. Marcos y M.A. Fernández son periodistas freelance. J. Marcos aborda estos temas en su doctorado por la UNED-UNAM y M.A. Fernández es máster en desarrollo. www.desplazados.org.

Artículo publicado en el nº73 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2017.

Fotografía: Jairo Marcos. Cumbre de los Pueblos.


NOTAS:

  1. Brundtland, Gro H. (1987): Informe Brundtland, www.un-documents.net/our-common-future.pdf
  2. Naciones Unidas (2012): El futuro que queremos. Disponible en: rio20.un.org.
  3. Latouche, Serge (2009): La apuesta por el decrecimiento.
  4. Lang, Miriam y Dunia Mokrani (eds.) (2011): Más allá del desarrollo.
  5. Latouche, Serge: Op. Cit.