La historia nos dice que el diseño de cada sistema de intercambio de mercancías ha venido dictado según las carencias logísticas que se iban detectando en el sistema de intercambio anterior. Estas carencias logísticas venían a consecuencia del natural crecimiento de la población, de la complejización de sus necesidades, y de la optimización de los procesos productivos.

Los primeros sistemas de intercambio de mercancías se materializaron en lo que conocemos como "sistemas de trueque". Estos primeros sistemas surgieron cuando la producción de recursos se hizo lo suficientemente eficiente como para poder conseguir excedente, sin embargo, a medida que este sistema fue madurando, surgieron varios problemas. En primer lugar, no siempre se tenía lo que el otro requería para acceder al intercambio, en segundo lugar, era muy difícil establecer un valor justo a los productos. Para ello se estableció un elemento intermediador, algo común sobre lo que poder establecer el valor de las mercancías. Los primeros bienes de referencia fueron el trigo y el ganado. El posterior perfeccionamiento del proceso de producción, las relaciones comerciales transoceánicas y la diversificación de los deseos y necesidades de adquisición derivaron en la necesidad de simplificar el método de intercambio y establecer como referencia un objeto con facilidad de recaudación y almacenaje, es así como surge la moneda. Es decir, el dinero, como tal, surge para superar las limitaciones que tenían los sistemas de trueque primitivos.

Hoy en día nos encontramos con un sistema financiero absolutamente perfeccionado y controlado en cuanto a su ejecución, en contraste con los sistemas de trueque primitivos, pero perverso y carente de valores éticos y morales al estar diseñado fundamentalmente según los valores de la acumulación y la especulación. Como bien señalaba el escritor suizo Hans Küng (2011), "cada día es mayor el número de personas conscientes de que la crisis económica y financiera global tiene también que ver con la falta de valores y normas éticas comunes". Otros muchos autores detectan la deshumanización del sistema financiero y la sitúan como la causa primigenia de la crisis actual, entre ellos, Ignacio García de Leániz (2012) pone de relieve la creciente anomia moral de las elites directivas de la banca de inversión y su desconexión con el estado real de las cosas.

En este contexto, se entiende el surgimiento de la moneda social como una forma de protesta, pero también de propuesta, es decir, como un fenómeno social nacido del enfado pero al mismo tiempo de la iniciativa y de la ilusión por cambiar el devenir de los tiempos ante el cual parecíamos indefensos.

El economista y escritor belga Bernard Lietaer describe la moneda social como un acuerdo dentro de una comunidad de usar algo como método de intercambio. Es decir, se trata de volver a concebir el dinero desde su carácter de herramienta, y no de fin último. Igualmente José Luis Sampedro advertía en una entrevista televisada (2012) "el dinero ha pasado de ser un instrumento de cambio útil y hasta indispensable a convertirse en un referente absoluto y total".

A pesar de ser un fenómeno poco extendido y desconocido en nuestro país, es un sistema nacido de la iniciativa ciudadana que cada vez cuenta con un mayor número de adeptos. Se basa fundamentalmente en valores como la vecindad, la confianza, la transparencia y la reciprocidad, y se materializa en espacios muy diversos, tales como los bancos de tiempo, mercadillos o redes de trueque. Se trata de sistemas alternativos de intercambio que nos recuerdan a aquellas formas de intercambio originales y que, por su esencia, no pueden derivar en la acumulación, pues los elementos de intermediación - las monedas sociales- no tienen valor por sí mismos, sólo se constituyen como una herramienta facilitadora de las relaciones comerciales.

En la actualidad, sólo en nuestro país, se contabilizan alrededor de 70 iniciativas similares, entre las cuales algunas ya cuentan con un sólido recorrido histórico, como el Puma, en Sevilla, el Zoquito, en Jeréz de la Frontera, el Boniato en Madrid, o el Ecosol en la ciudad de Barcelona . Fuera de nuestras fronteras también contamos con varios ejemplos de gran calado que ya cuentan con el apoyo de las instituciones locales. Tenemos el caso de la moneda Chiemgauer, en Alemania, o las monedas sol-violette, en Toulouse, y el Eusko en Iparralde, en Francia, integrada plenamente en la cotidianidad de sus ciudadanos. Pamplona se ha unido a este fenómeno social desde el 14 de septiembre de 2013 en el barrio de la Txantrea con la moneda social Txanpon.

En definitiva, este modelo revierte la lógica del sistema financiero actual, en el cual el dinero es el principal elemento de valor. Aquí se trata de poner en un primer plano de valor los recursos personales, ya sean materiales o simbólicos, y desplazar a un segundo plano la herramienta de intercambio, lo que invita a sus participantes a repensar sus capacidades y a recuperar recursos olvidados. Los colectivos que la utilizan coinciden en la capacidad de la moneda social de fortalecer las relaciones sociales y sacar a la luz las habilidades personales de los individuos que participan en el movimiento. Así mismo, también se pone el acento en la necesidad de incorporar en alguna medida esta moneda local en el engranaje institucional y así aumentar su tasa de aceptación entre los individuos que por desconocimiento o desconfianza son reticentes a este movimiento.

Podríamos decir que nos encontramos ante una revolución silenciosa de cambio a nivel local, pues indudablemente no sólo se trata de un método de intercambio para cubrir necesidades básicas sino también de un acto político que trata de alzar la voz para que un movimiento nacido del "todos para todos" adquiera solidez, continuidad y permanencia en el tiempo

Yosara Bouyanzari
REAS Navarra