Por Conchi Piñeiro

Uno de los sueños que tengo es vivir en grupo, en colectivo, en comunidad, o como se quiera llamar (aunque los nombres tengan connotaciones, voy a tratar de simplificar utilizándolos como sinónimos). Ese sueño me ha hecho ir buscando proyectos y propuestas diferentes en los últimos 15 años, encontrando una gran diversidad de experiencias que concretan la dimensión económica de esas apuestas colectivas. 

En este sentido, valoro enormemente el esfuerzo realizado por educadores y educadoras cuyo vínculo con diferentes ecoaldeas y proyectos afines les ha permitido concretar en un currículum educativo muchas de las competencias y saberes que están presentes en la vida en estos asentamientos humanos sostenibles para poder difundirlos y aplicarlos al diseño de la sostenibilidad a diferentes escalas y en distintos contextos -proyectos de organizaciones, redes, pueblos, barrios, iniciativas de transición, presentes en el mundo rural o urbano, de nueva creación o para su re-diseño-. Este proyecto global, que se llama Gaia Education sintetiza e ilustra las diferentes formas en las que se concretan las dimensiones económica, ecológica, social y cultural de la sostenibilidad.

Desde este proyecto, para repensar o rediseñar la dimensión económica de lo colectivo enumeran cinco elementos necesarios:

  1. Comprender el paradigma dominante de la economía global e identificar las necesidades de cambio.
  2. Diseñar economías locales, resilientes y sostenibles.
  3. Diseñar sistemas de moneda comunitaria/social/complementaria que se adapten al contexto local.
  4. Ajustar la vida económica personal y social a los valores solidarios y principios ecológicos (cambiando desde los indicadores de riqueza como el PIB hasta las opciones de consumo y estilos de vida).
  5. Identificar las formas legales más apropiadas y los mecanismos de financiación para las organizaciones y las empresas locales.

Como proyectos locales, en mi opinión, su énfasis en la relocalización de la economía es una llamada a comprender los límites biofísicos del planeta en la práctica cotidiana, aunque esta práctica no está exenta de contradicciones. Con orígenes y trayectorias muy diferentes, estos lugares comparten la definición de Robert Gilman: son asentamientos humanos, concebidos a escala humana, que incluyen todos los aspectos importantes para la vida; integrándolos respetuosamente en el entorno natural, que apoya formas saludables de desarrollo y que puede persistir indefinidamente.

Desde experiencias de economía común como las de Lakabe hasta formas de uso local de monedas complementarias como el Eko en Findhorn y la mayoría de monedas en papel de los proyectos del Movimiento en Transición, son algunos ejemplos de cómo se articula la dimensión económica de la sostenibilidad en estos proyectos. Las formas de generar empleo en estos proyectos también buscan la incorporación de criterios afines a la sostenibilidad y en muchos casos a la economía solidaria, como por ejemplo, en Torri Superiori, el alojamiento y  restaurante ecológicos. También en algunos casos, parte de estos proyectos tienen forma de cooperativa, como en Crystal Waters, el pueblo diseñado mediante principios de permacultura.

Estos laboratorios de prácticas colectivas generalmente han probado herramientas diferentes y comparten conocimientos entre sí, pero no únicamente hacia dentro o en redes específicas. Es precisamente la dimensión económica de ellos uno de los aspectos que más les conecta con el tejido local, comarcal o regional, distanciándose así de ser proyectos aislados.

Las aportaciones escritas de personas que viven o han vivido en este tipo de proyectos como Margrit Kennedy (Lebensgarten) o Jonathan Dawson (Schumacher Collage, Findhorn) son también vehículos de difusión de estas formas de economía.

A veces puede parecer que hay distancia entre las prácticas de este tipo de proyectos y otras formas de entender la economía solidaria, pero muchas son experiencias que tratan de transformar las lógicas que articulan nuestras vidas hacia formas más sostenibles en todos sus aspectos y este planteamiento vital y grupal hace posible que se vea en lo económico, usando palabras de Mabel Cañada (una de las fundadoras de Lakabe), las bondades del plural.