Por Patricia Dopazo para la Revista Soberanía Alimentaria

Entrevista a Mar Cabanes e Ignacio Mancebo, de la Cooperativa La Zafra

Tras cuatro años dedicados a la consultoría y la dinamización agroecológica en Ciudad Real, hace uno que Mar e Ignacio regresaron al pueblo de Mar, Monòver (Vinalopó Mitjà), para recuperar las tierras de su familia e iniciar un proyecto de vida propio centrado en el cuidado de la tierra. Han creado una cooperativa, La Zafra, y han empezado por los viñedos y por la elaboración de vino «hecho con cariño».

A finales de este verano, Mar e Ignacio pegaron las etiquetas en sus primeras botellas de vino para la venta, un rosado llamado Nu (desnudo), sin vestidos químicos. Las pusieron en sus cajas y las cargaron a los mercados agroecológicos cercanos. Dicen que ese momento fue de los más emocionantes que han vivido hasta ahora, después de haber cuidado tanto todo el proceso y cada botella: servirlo para que personas desconocidas lo probaran, compartir el proyecto de forma directa, responder preguntas, recibir impresiones, poner las botellas en sus bolsas de papel y, al final del día, preguntarse dónde habría ido cada una, en qué momentos y encuentros participarían, con qué compañía y en qué lugar. El mensaje de su página web es «vinos hechos con cariño» y es que, según Mar, a las cepas solo les falta ponerles nombre.

Entre las tierras de la familia hay también almendros y olivos, cultivos de secano característicos de las comarcas del sur, que también esperan manejar pronto con la idea de transformar sus productos para darles valor añadido. La miel es otro de sus proyectos más inmediatos y en la única hectárea que tienen con regadío quieren poner huerta y frutales.

Mar, ¿cómo ha sido tu relación con la tierra y con el vino a lo largo de tu vida?

Mar: Mi relación con la tierra viene de la infancia. Las tierras han pertenecido a mi familia desde hace al menos cinco generaciones. Siempre se han dedicado a la tierra, y aunque mi padre ya tenía otro trabajo, electricista, los fines de semana y en vacaciones nos íbamos toda la familia al campo. Todos mis recuerdos de infancia son del campo, de La Zafra, casi ninguno del pueblo; he tenido un vínculo muy fuerte, por eso creo que siempre he valorado mucho la tierra.

En casa hacíamos vino de una forma muy artesana, un poco precaria, pero que a Ignacio y a mí nos ha dado una base de conocimiento. Parecía que con poquito podía hacerse vino, entonces ha sido más fácil «atrevernos» a hacerlo. La uva de la familia se ha llevado siempre a la cooperativa, pero cada vez la pagaban peor. Por eso, cuando empezamos a pensar en venirnos y en hacer el relevo de la generación de mi padre y mi tío a la nuestra, pensamos en elaborar en una microbodega.

¿Cómo llegasteis a la agroecología?

Mar: Yo estudié publicidad, pero desde siempre he tenido muy clara la importancia de la agricultura social. El tiempo que pasé en Guatemala con comunidades rurales también influyó. Fue en 2004, cuando aún no se hablaba apenas de agroecología ni de soberanía alimentaria, pero allí ya se practicaba. La parte más teórica la conocí gracias a una comisión de agroecología del 15M de Ciudad Real y posteriormente creamos ASACAM (Agroecología y Soberanía Alimentaria en Castilla-La Mancha), una asociación para trabajar proyectos de incidencia política, formación y asesoramiento, y empezamos a trabajar en el tema.

Ignacio: En mi caso fue por trayectoria académica y profesional. Yo soy de Ciudad Real y allí estudié Ingeniería Técnica Agrícola, aunque mi relación con el campo era testimonial. No me gustaba la carrera y solo encontré afinidad con la gente que se dedicaba a la agricultura ecológica, pero la agricultura ecológica se me quedaba corta porque le faltaba posicionamiento político. Cuando acabé de estudiar me quedé en la universidad como investigador y seguí acercándome a la agroecología de forma autodidacta hasta que finalmente cursé el Máster de Agroecología. Junto con Mar y otras personas comenzamos con ASACAM.

¿Vuestra trayectoria en la asesoría de proyectos agroecológicos facilitó la decisión de crear La Zafra?

Ignacio: Sí, hizo que tuviéramos los argumentos muy claros y que la parte de planificación técnica y económica fuera relativamente fácil de aplicar en nuestro caso. Tomamos la decisión gracias a tres reflexiones: en primer lugar, aunque en Ciudad Real nos dedicábamos a facilitar que la gente pudiera llevar a cabo su proyecto, nos apetecía tener uno propio; en segundo lugar, era complicado vivir como consultores en agroecología; y, por último, Mar siempre había tenido ganas de volver a La Safra y le preocupaba que las tierras se perdieran. Sin este tercer motivo quizá nos hubiéramos planteado empezar en Ciudad Real, pero aquí hay tierras y facilidades.

¿Qué aspectos destacaríais del proyecto que estáis poniendo en marcha?

Mar: Aparte de que es un proyecto donde todo es artesanal, natural y sin químicos, una de las cosas importantes para mí es que pueda servir para encontrar una alternativa y que no se pierdan las tierras por culpa del modelo productivo que hay en esta zona. La mayoría de familias tienen todavía tierras con olivo, viña y almendro; hoy es imposible vivir de eso. Lo mantienen las personas mayores, pero nuestra generación no va a seguir porque no compensa trabajar para sacar 800 o 1000 euros brutos anuales por hectárea… A mí me parece interesante el proyecto como búsqueda de un modelo que, de forma sostenible en el tiempo, pueda cubrir las necesidades económicas de dos personas o de una familia modesta. Nuestro modelo podría replicarse en muchos pueblos, no supone mucho esfuerzo y dos personas pueden combinarlo con otras cosas.

Ignacio: Yo destacaría la escala de la empresa, que al ser tan pequeña es muy fácil de replicar. Se trata de cultivos de secano,y eso es muy valioso porque la inmensa mayoría del territorio es de secano y hay que revalorizarlo. Me gustaría hacer un ejercicio de transparencia y explicar cuánto gastamos de agua, de gasóleo, etc., porque es muy poco.

¿Pensáis que habría gente interesada en replicar vuestra iniciativa?

Mar: Es verdad que es muy difícil empezar de cero porque hay que endeudarse. Imagínate: comprar las tierras, un tractor, la nave, un sitio para la elaboración… La clave es que hay mucha gente de nuestra edad que ya tiene todo eso de sus familias. Sería una solución económica y social para muchas personas y se evitaría el abandono de tierras. Las cuentas salen, pero cuesta dar el paso. Ahora producimos 1500 botellas, con 5000 podríamos vivir. Monòver tiene 10.000 habitantes, nos bastaría con que la mitad comprara una botella al año, y si comprasen dos, podría haber otro negocio igual. Si ocurriera lo mismo con el pan, la fruta, etc., esta sería una forma de que el mundo rural tuviera vida. Debería haber muchos proyectos así, podrían dar salida a mucha gente y harían que se valorara el territorio como algo vivo y no solo como paisaje.

Ignacio: En Ciudad Real nos dimos cuenta de que la gente joven sí que quiere dedicarse al campo, pero no hay espacios que promuevan esa inquietud, ni en el ámbito familiar ni en los medios de comunicación. En los espacios de formación se contagia el entusiasmo gracias a ese proceso de aprendizaje colectivo, pero luego, cuando se enfrentan con su entorno, se echan atrás porque hay mucha presión: la gente se burla, no encuentran apoyo ni confianza. Para sacar adelante un proyecto hay que verlo muy muy claro y depende del cúmulo de experiencias previas… es difícil que la juventud lleve herramientas suficientes en la mochila como para enfrentarse a esto. Al final hacen lo que es más fácil.

¿Qué agricultura hay a vuestro alrededor?

Mar: Hay muchos hombres mayores que nos dicen que la agricultura no tiene futuro. Además, no entienden nuestro modelo y piensan que estamos jugando, pero poco a poco ya nos van teniendo un poco de respeto. Son sentimientos encontrados: les gusta que haya gente joven, pero no le ven mucho sentido.

Por otro lado, en la zona se están extendiendo los cultivos superintensivos y los grandes propietarios locales están comprando tierras para transformarlas en regadío. De lejos se ve claramente la diferencia entre el secano tradicional y este tipo de cultivo intensivo: regadío, espaldera, plásticos, mano de obra contratada (en muchos casos, inmigrantes) y en condiciones laborales muy precarias… Lo malo es que la gente no lo ve mal, porque dice que al menos la tierra se pone a producir. Es increíble ver cómo este modelo va avanzando y arrasando con viñedos antiguos, incluso con cepas viejas de gran valor que no nos dio tiempo de salvar.

¿En este tiempo, habéis podido recuperar técnicas o saberes tradicionales para vuestro proyecto?

Mar: Nosotros no teníamos ni idea de cómo se elaboraba el vino antiguamente ni de lo importante que era en esta zona. Nos contaron algo desde L’Almorquí, un proyecto agroecológico cercano y empezamos a investigar. Antes en Monòver casi todas las casas de campo tenían una bodega dentro; cada familia tenía su parcela, pero llevaban la uva a elaborar a las casas que tenían bodega y después lo vendían fuera. Queda poca gente que se acuerde y nos damos cuenta de que no se les ha preguntado nunca. De hecho, nosotros hemos aprendido de forma autodidacta, leyendo mucho, haciendo pruebas y visitando bodegas similares a la nuestra.

Ignacio: Hablan mucho de cuando se usaba tracción animal y eso es muy interesante porque implica no solo el labrado de la viña, sino también el cuidado de los animales —qué sembrar para alimentarlos—, el manejo del monte… Pero sobre otras prácticas de cultivo, hay que tener en cuenta que se trata de personas de setenta y pico años, muy influenciadas por la revolución verde, por eso lo que hacemos en nuestras fincas, como las cubiertas verdes, son cosas impensables para ellos y, menos aún, el hecho de utilizar al ganado para controlar la hierba.

Mar: Lo que quisiéramos recuperar es el arreglo de los ribazos. Antes, cuando venía una riada o cuando era necesario, todo el vecindario, de forma comunitaria, colaboraba en los arreglos de ribazos y caminos. Ahora ya no se hace.

¿Por qué elegisteis la forma de cooperativa?

Ignacio: Por principios. Teníamos claro que la figura que eligiéramos tenía que ser sin ánimo de lucro y eso acotaba mucho las opciones, entonces nos decidimos por la cooperativa. Nos identificamos totalmente con los principios cooperativos: horizontalidad, igualdad en las condiciones de trabajo, etc. También es importante que la gente que quiera lanzarse entienda que no tiene por qué hacer una S. L., que se puede hacer de otra manera y no por eso deja de ser un trabajo: puedes ganarte la vida sin buscar beneficio empresarial, pero cuesta hacer entender lo que puede aportar la horizontalidad en el trabajo y en los procesos productivos.

Mar: Nos parece muy importante que la forma jurídica de nuestro proyecto refleje nuestros valores y nuestra forma de relacionarnos con el entorno y entre nosotras. En este sentido, la cooperativa, además de sus principios sociales, nos permite tener una estructura democrática e igualitaria entre las dos partes que formamos La Zafra. Muchos proyectos pequeños como el nuestro, donde trabaja una pareja joven, suelen presentarse bajo la figura de una persona autónoma, que muchas veces es el hombre, reproduciendo el mismo modelo de siempre: trabajan ambos, pero solo cotiza él. Creo que, aunque es más complejo con respecto a su estructura: contabilidad, libros, registros… Es importante que las personas que sustentan los proyectos tengan el mismo valor y los mismos derechos.

¿Cómo de importante es trabajar en red para vuestro proyecto?

Ignacio: Los retos que tenemos son políticos y socioculturales, entonces no tiene sentido afrontarlos de manera individual. No hay solución en la búsqueda individual de respuestas, eso nos lleva al emprendimiento, un modelo competitivo e individualista que profundiza el problema. No hay otra opción que trabajar en red porque desde un proyecto no puedes abordarlo todo: normativas, cambio político, cambio climático, circuitos cortos de comercialización… Participamos en REAS (Red de Economía Alternativa y Solidaria), en el SPG (Sistema Participativos de Garantías) de Alacant, en FEVECTA (Federación Valenciana de Cooperativas de Trabajo Asociado). Queremos incorporarnos a la Plataforma per la Sobirania Alimentària del País Valencià y nos gustaría trabajar con pequeñas bodegas para comprar los suministros (botellas, etc.) y comercializar juntas, por ejemplo, porque siendo tan pequeños todo nos sale más caro. Somos recién llegados, pero estamos en ello.

Mar: El trabajo en red para la comercialización en canales cortos es fundamental. Ahora estamos vendiendo en los mercados de Elx y Arrels (Sant Joan d’Alacant), en una tienda de Alicante (Espacio Romero) y en las tiendas de La Camperola (Elx y Santa Pola), ambos proyectos cooperativos, y la idea es hacerlo también en grupos de consumo, tiendas y restaurantes que entiendan el proyecto. En estos canales se da un espacio muy bueno para contar de dónde es el vino y lo que hay detrás. Esto no deja de ser activismo nunca porque sigues trabajando por un cambio social.

Y con toda esta entrega ¿cómo lleváis la separación entre trabajo y vida?

Ignacio: Yo siento que ahora es menos conflictivo que cuando trabajábamos de técnicos. Este es un proyecto de vida. El ocio y el tiempo libre quizá son conceptos muy capitalistas, pensados para gastar dinero y consumir.

Mar: Cuando hemos cogido vacaciones ha sido para visitar otros proyectos. Para mí podar un par de horas o salir a dar una vuelta por las viñas o a ver el terreno de las colmenas casi forma parte de los cuidados porque es de las cosas que ahora más me llenan. Después de estos años tenemos la sensación de que es parte de nuestra vida, pero de una forma tranquila. Como productora tienes otros ritmos, pero ves resultados; es muy agradecido. Te duelen los riñones y los brazos cuando llevas un rato podando, pero miras atrás y ves todo el trabajo que has hecho esa mañana y te sale una sonrisa.