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Beasain

La red Basherri engloba a entre 60-65 grupos de consumo de Gipuzkoa en los que las relaciones entre vecinas y vecinos de los pueblos y los baserritarras van mucho más allá de las cestas ecológicas que reciben cada semana. Ayer celebraron una fiesta en Beasain.

Los grupos Basherri son grupos de consumo en los que un productor o una productora del pueblo tiene la posibilidad de relacionarse con un grupo de vecinas y vecinos. Suelen ser 20-30 familias. Mediante esta relación de confianza, se consigue recibir cada semana cestas llenas de verduras del baserritarra. Son alimentos ecológicos, de calidad y de aquí.

Además de verduras, se pueden adquirir otros productos como huevos, pan, pollo o yogures, siempre cumpliendo los criterios mencionados y tratando de que sean del productor más cercano posible.

Ante la proliferación de grupos de consumo en Gipuzkoa, formaron la red Basherri para relacionarse entre ellos y también para socializar este movimiento, informar a la gente de la soberanía alimentaria y difundir su ideología. La fiesta que celebraron ayer en Beasain tuvo ese objetivo, al igual que el blog basherri.wordpress.com y que la web que tienen previsto abrir.

Estabilidad y dignidad

Los grupos de consumo han tenido una gran difusión mundial, empezando desde Japón y EEUU hasta las redes AMAP de Ipar Euskal Herria y el movimiento de Bizkaia. En Gipuzkoa, impulsados por EHNE y Biolur, se empezaron a formar estos grupos hace aproximadamente cinco años. «Ahora es un movimiento autónomo y autogestionado», indica a GARA la dinamizadora de la red Aintzira Oñederra.

Componen la red 60-65 grupos de consumo. La mayoría de los pueblos tiene el suyo y, en algunos casos, han visto la oportunidad de crear más de uno. Para mantener la identidad los grupos normalmente no pasan de 30 personas y, si observan que hay demanda, lo que hacen es crear otro. «Apostamos en favor de muchos baserritarras. Preferimos que haya más y que sean pequeños a que uno acapare gran parte del mercado. Vemos que un baserritarra puede producir para 30 familias y que se crea un puesto de trabajo digno mediante la cuota que pagan mensualmente estas familias».

De esta forma, dan a la productora o al productor estabilidad y la oportunidad de planificarse, de manera que no haya excedentes. Se produce lo que necesitan estas familias. Las cestas que se reciben siempre son cerradas y están repletas de productos de temporada, es decir, no se realiza un pedido sino que el cesto se nutre con lo que haya en cada momento en la huerta.

Se intenta que los participantes elijan lo que se planta. En un principio se hacía esa planificación mediante reuniones; hoy en día, los grupos se han estabilizado y tienen cogido el ritmo.

Puente entre la calle y el caserío

La red busca, asimismo, trabajar una relación de confianza entre vecinas y vecinos del pueblo y los baserritarras. «Las verduras no tienen un precio concreto, sino que se funciona mediante cuotas. Protegernos unos a los otros nos parece relevante; también que la relación se sustente en la cooperación», defiende Oñederra.

Preparan cestas de dos tipos, una para las familias pequeñas y otra para las grandes. En general, en el caso de las grandes se pagan al mes sobre 65-70 euros y en las pequeñas la mitad. Así se da vida a los baserris.

Para construir esa relación de confianza y para que no sea un mero trueque comercial ven importante que el consumidor o la consumidora se sienta parte del caserío y que se acorte todo lo que se pueda la distancia entre la calle y el baserri. El auzolan o las visitas posibilitan conocer cómo es ese trabajo, de dónde viene lo que comemos y en qué condiciones se ha producido. Para que el baserritarra sienta el apoyo de la gente es importante saber qué es lo ocurre en el huerto y ser consciente de que por algún problema se puede perder la cosecha. También reconocer su labor y poner en valor todas las funciones que cumplen. «Además de ofrecernos alimentos, el paisaje de Gipuzkoa es como es gracias a ellas y a ellos, también tienen una función cultural y la apuesta por la soberanía alimentaria es una función política que cumplen».

Estos grupos de consumo son, además, una puerta para los jóvenes baserritarras, ya que dan una oportunidad para empezar de cero. Por eso, en los últimos años se han instalado muchos jóvenes. Cuando empezaron a crearse los grupos en Gipuzkoa la demanda venía sobre todo por parte de los consumidores, pero últimamente se percatan de que la demanda viene, cada vez más, de los productores y reciben llamadas de los jóvenes que se quieren instalar para crear un grupo. Lograr consumidores, en cambio, les cuesta cada vez más. La situación ha dado la vuelta. Las motivaciones para unirse a un grupo son diversas, pero el perfil es el de una pareja joven que está formando una familia, le preocupa su salud y se acerca con la intención de comer alimentos sanos.

Recibir la cesta implica moldear la dieta a sus productos y cuesta cambiar las costumbres. Pero la gente que ha hecho esta apuesta continúa adelante y las relaciones se han ido estrechando. Son relaciones personales. Ya no está solo el baserritarra, está su familia, su forma de vida... Además, es un productor del pueblo. Es una apuesta por el desarrollo rural local.

GARA