Durante los últimos sesenta años, el Medio Oriente se ha caracterizado por una situación de constante inestabilidad política, siendo la cuestión palestina una de las principales razones para ello.
Después de la segunda intifada, la situación social y económica de Palestina ha llegado a ser incluso más dramática que antes. La ocupación israelí es responsable de una serie de problemas: muchas personas han resultado muertas o heridas, se han producido daños en las casas y plantaciones, así como en las herramientas de trabajo. Por largos períodos, el toque de queda y los retenes han limitado seriamente la movilidad de la gente y el transporte de mercancías, afectando por tanto el desarrollo económico de la zona. El muro, construido durante la última década, ha aislado a algunos campesinos de sus cultivos. La reducida movilidad de personas y mercancías, sumada a la creciente confiscación de tierras son otras de las consecuencias de estas políticas. Finalmente, el agua está sujeta a racionamiento y su precio es varias veces mayor del que pagan los israelíes.