Muchos de nosotros crecimos en unos hogares donde la gestión de la economía familiar estaba claramente distribuida entre ingresos y gastos. Los ingresos correspondían al hombre, nuestros padres. Ellos trabajaron fuera de casa, se encomendaron a la tarea de traer un sueldo. Su encomiable acción, que la mayoría ejercieron con empeño y tesón, aportaba los únicos ingresos que entraban en la mayoría de las familias. Unos ingresos, que se fijaban sin que nuestros padres tuvieran apenas capacidad de afección sobre la cuantía. Salvando a los más emprendedores, el resto se afanaban en ir escalando posiciones en la empresa y así poder mejorar sus ingresos, sin representar ésta, en la mayoría de los casos, una variación sustancial.
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