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Cuando queremos resolver cualquier problema todos desearíamos contar con el mejor de los profesionales, más si éste es complejo. Nadie quiere para su hijo que un mediocre, de lo que sea, sea el responsable de aportar las respuestas que necesita. Es lógico y comprensible.

Soy un animal

No puedo explicar con más que palabras lo que quiero manifestar ahora, ni puedo hacer que me crean. Sin embargo mi pregunta es:
¿Qué nos hace superiores? ¿Qué te hace pensar que el pájaro que puedes ver ahora mismo pasar por tu ventana tiene menos derecho a la vida y, por tanto, más derecho a la muerte que tú? ¿El mero dato de que tu muerte natural llegará después de la suya? Solo esta forma de pensar ya nos coloca por detrás de esa golondrina.

Llegamos y nos creemos dioses, tomando bosques y mares, matando a nuestros acompañantes peludos, alados o escamados. Sin motivos, cogemos sus pieles y nos las colocamos pensando que nos darán más dignidad y más personalidad. No nos importa nada nuestra moral y nuestro honor animal, que para mí es sinónimo de humano. Y de nuevo tropezamos con un craso error que solo un humano (sin ser esta vez sinónimo de "animal") podría cometer, y nos colocamos detrás de ellos.

Si en algún momento podemos ver con más claridad dónde ejercemos una mayor y continua presión democrática, hoy es ese momento. Las estructuras democráticas, que nunca terminaron de serlo, se van quedando huecas por momentos. El golpe de estado financiero que se va a dar en España con el cambio constitucional, sin atender ni escuchar la voz del pueblo, es clara muestra. Las urnas se quedan pequeñas para dar espacio a las necesidades de la sociedad. El juego de los partidos, gestionado como oligopolio a la luz pública, nos lleva a ver con más claridad que nuestro mayor poder, frente a un sistema como el actual, está en el consumo.

Todos los días tomamos decisiones que tienen una afección sobre muchos terceros, son votos continuos de aprobación o reprobación a las actitudes que las empresas, y los gobiernos que lo permiten, tienen en relación a sus responsabilidades en todos los frentes: económicos, sociales y medioambientales. Nuestras decisiones como consumidores no pueden ser manipuladas una vez han sido ejercidas. El castigo del consumidor a cualquier compañía tiene repercusiones directas y claras sobre sus resultados. Nuestro poder como consumidores es grande y nuestra responsabilidad también. Es tal, que las compañías, los gobiernos, … gastan fortunas en direccionar nuestro consumo, en limitar nuestra libertad de elección, de las formas más sutiles a las más grotescas. El mayor de los engaños fue y es convencer al consumidor de que el propio hecho de consumir genera satisfacción independientemente de que exista una necesidad para ese consumo. Han situado al consumo en un paradigma de elección que sólo trabaja con el binomio cantidad/precio. Ni tan siquiera la calidad real, completa, juega un papel determinante. La idea filtrada en la sociedad de que la satisfacción y el bienestar del consumidor crece conforme crece su consumo es la base que mantiene ese binomio. De esta manera la presión del consumidor se centra en el precio y éste, adjetivado por algún rasgo de calidad muy sesgado y mediatizado por la posición de marcas, es el que nos permite tener más de lo que sea. Sin embargo, aun siendo esto completamente real y demostrado como una actuación mayoritaria, no hemos perdido nuestra capacidad de elección pero sí hemos de cambiar la manera de ejercerla.

En algún momento de todo esto me perdí. Algún cambio de valle, de camino, algo se me escapó pues no consigo entender.

Unas agencias de calificación que se erigen como custodios del bien y del mal. Ellas dictaminan lo bueno y lo malo, nos dicen dónde corremos peligro y dónde estamos seguros. Nunca nos explican por qué y lo más incomprensible es que les hacemos caso. Han fallado, fallan y fallarán pero les hacemos caso. Su gran error con la burbuja inmobiliaria, entre otros tantos casos, que recibió sus mejores calificaciones, parece no restarles la más mínima credibilidad y ahora se atreven a enjuiciar, para sus dueños, países enteros.

¿Quién no ha escuchado a padres y abuelos hablar de cómo cooperaban y cómo se apoyaban unos a otros para hacer tantas y tantas cosas? La gente del barrio, la gente del sector en el que trabajas, los que te encuentras en el mundo de esa afición que tuvieron, los vecinos de los pueblos pequeños... Las personas siempre han sabido trabajar juntos, cooperar, luchar por un objetivo común. Todo esto por supuesto, con los múltiples conflictos y problemas que las personas nos provocamos.

Estas relaciones se fueron ordenando con el tiempo dando lugar a numerosos tipos de organizaciones que buscaban reducir los desencuentros e incrementar la eficacia de esas cooperaciones. Algunas de ellas incluso, acabaron ordenándose en torno a una estructura mercantil de tal forma que, aquello que compartían y se intercambiaban mediante un trueque, pasó a intercambiarse en el mercado. En algunos casos una pena, en otros una gran oportunidad.

El sistema no se aguanta. Las personas lo padecemos, lo sufrimos. Aumentan los robos de alimentos, eso es hambre no codicia. Sin embargo, cualquiera diría que no hemos caído lo suficiente, que necesitamos el hedor de un pozo más profundo para reaccionar. Las injusticias suceden al sin sentido de las acciones de nuestros gobernantes, mientras cortinas de humo intentan distraer nuestra atención.

Hace ya muchos meses una persona dijo “no vamos a pasar hambre” y hace menos, escuchábamos en un corte de radio a otra persona cuyo grito nos dolía a todos. ¿A qué esperamos para reaccionar?

He conocido el egoísmo de algunas personas en todos los ámbitos, empresas, políticos, ONG's, trabajadores, sindicatos, …. y he vivido cómo además, se mantienen muchas de estas estructuras, y personas, por su oposición a otras, sin tener un sentido propio en su quehacer. Sólo son, en la medida que se enfrentan a otro.

VALOR SOCIAL:
Es el resultado generado cuando los recursos, procesos y políticas se combinan para generar mejoras en la vida de las personas o de la sociedad en su conjunto.

En los últimos años, han surgido diversos y muy variados estudios que han intentado dar contenido al concepto de valor social y más aún dotarlo de consistencia de cara a su reconocimiento por parte de todos y cada uno de los actores sociales.

Hace poco nos dejaba Saramago. Como suele ocurrir cuando muere alguien que aprecias, de cualquiera de las maneras, paseas durante un tiempo por el camino compartido. Ya hace años que él y otros vienen llamando nuestra atención sobre esta gran mentira que nos venden y muchas veces compramos.

También él llamó nuestra atención en Córdoba cuando, al inaugurar el encuentro de economía solidaria, comentaba que echaba de menos escuchar voces que hablasen de la recuperación de la democracia secuestrada, siendo ese un encuentro de economía alternativa y solidaria.

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