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	<title>proyectos cooperativos archivos - economiasolidaria.org</title>
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	<description>El portal de la Economía Solidaria</description>
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	<title>proyectos cooperativos archivos - economiasolidaria.org</title>
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		<title>De McDonald’s a comedor popular, la historia de L’Après M en Marsella</title>
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		<dc:creator><![CDATA[daniel_reasaragon]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Feb 2026 13:15:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[barrio]]></category>
		<category><![CDATA[ESS Francia]]></category>
		<category><![CDATA[proyectos cooperativos]]></category>
		<category><![CDATA[restauración]]></category>
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					<description><![CDATA[<figure><img width="1500" height="1000" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" fetchpriority="high" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg 1500w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-1280x853.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-980x653.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 1500px, 100vw" /></figure>En una antigua franquicia del norte de Marsella, una cooperativa-restaurante ha reescrito las reglas del mercado: transforma los ingresos en bien común y reinvierte los excedentes en servicios sociales. Desde los márgenes, L’Après M demuestra que la ciudad también puede construirse desde sus barrios.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure><img width="1500" height="1000" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg 1500w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-1280x853.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-980x653.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 1500px, 100vw" /></figure><p>A medida que el tráfico se espesa y las naves industriales se alinean a ambos lados de la carretera, se hace evidente que nos acercamos a Marsella. La autopista desciende desde las colinas y el mar, brillante e insistente, se insinúa al fondo, apenas visible entre grafitis, hormigón y el vaivén del asfalto.</p>
<p>Marsella es un puerto bendecido por la geografía. El Vieux-Port se abre, protector, al <a href="https://www.elsaltodiario.com/mediterraneo" target="_blank" rel="noopener">Mediterráneo</a> bajo la mirada atenta de la Bonne Mère. El estuario está sembrado de veleros que entran y salen con una cadencia constante, interrumpida solo por el ir y venir rutinario de los batobus, los ferris urbanos, rumbo a las Calanques o a las Îles du Frioul. Es la postal que todo visitante espera.</p>
<p>Pero el azul intenso queda aquí, de pronto, lejos. Tomar la salida 35, Saint-Barthélemy, es internarse en un tablero de ajedrez roto: un dédalo de autopistas elevadas y bloques de vivienda social donde dominan las texturas del hormigón gris y el ocre deslavado. En los barrios del norte, las torres idénticas se suceden sin fin; viven, por diseño o por abandono, de espaldas al Mediterráneo. Son paisajes de pura ingeniería civil, asfalto, cemento y metal, desconectados, en términos prácticos y emocionales, del corazón histórico de la ciudad.</p>
<blockquote><p>Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright</p></blockquote>
<p>En esa monocromía de torres, rotondas y vallas de alambre, el ojo busca un punto de encuentro. Una carnicería, una tienda de alimentación, algún take away, una parada de bus abarrotada. Hay pocos lugares donde sentarse a compartir un rato. Y entonces, tras el tedio de una rotonda desolada, junto a un cartel municipal que insiste, con optimismo administrativo, en que “Marseille se transforme”, aparece un rótulo distinto. Una invitación sencilla: “Comme vous êtes, vous venez!”.</p>
<h2>Ven tal y como eres</h2>
<p>Pintado a spray, con el signo de exclamación transformado en un puño alzado, el lema “Ven tal y como eres” condensa la filosofía de L’Après M. Nacida en el esqueleto de un antiguo McDonald’s, la cooperativa-restaurante se ha convertido, en apenas cuatro años, en un motor que alimenta a setecientas familias por semana, inserta a vecinos en el mercado laboral y funciona como una auténtica plaza cívica en el norte de Marsella. Su apuesta es tan simple como radical: utilizar herramientas del mercado para financiar lo común y demostrar que la periferia también puede diseñar su propia ciudad.</p>
<p>Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright, y algún eco estructural del antiguo fast food. Todo lo esencial fue reescrito: el equipo, el propósito y, sobre todo, el destinatario. Hoy, el cliente final es el barrio.</p>
<blockquote><p>Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés</p></blockquote>
<p>El esquema es sencillo en su formulación: un restaurante de acceso universal, menús a precio subsidiado, empleo con itinerarios de inserción y, por encima de todo, un espacio cívico donde reunirse sin pedir permiso. A ese núcleo se suma un dispositivo de apoyo que, semana tras semana, reparte cerca de setecientos lotes de víveres entre las familias más vulnerables. El engranaje se sostiene gracias a una red de unos cuarenta voluntarios, la confluencia de donaciones privadas, alianzas locales y una dosis considerable de organización.</p>
<h2>La distribución: un lunes marsellés</h2>
<p>Llegamos un lunes, día de reparto, a media mañana. El servicio lleva horas en marcha; el comedor no abrirá hasta que salga el último lote. La cola, ordenada, rodea el edificio: carritos de la compra, bolsas de tela, algún cochecito de bebé. Durante la espera, las conversaciones fluyen. En un cobertizo que hace de punto de distribución, un voluntario descarga cajas de fruta y revisa etiquetas; a unos pasos, otro controla el orden de entrega con una libreta gastada. Una mujer coloca con cuidado un paquete de pasta en el fondo del carro para que no aplaste las verduras. Nada se acelera; nada se detiene.</p>
<p>Entre el ir y venir aparece Kamel Guemari. Abraza a una vecina, palmea el hombro de un chaval, escucha dos frases y resuelve con una llamada. Sonríe mucho; se detiene poco. Interrumpirlo ahora sería un estorbo.</p>
<p>Cuando se entrega el último lote y la fila se disuelve en el remolino de la rotonda, se abren las puertas del restaurante y asoma la otra mitad del proyecto: mesas altas, tornos de pedido, una pantalla que anuncia los turnos. Todo recuerda a una cadena de comida rápida, solo que aquí la estrella del menú es otra: la hamburguesa OVNI, diseñada por el chef tres estrellas Gérald Passedat. En cocina, el murmullo de la plancha caliente; la charla ligera del equipo. Afuera, la rotonda sigue girando bajo el sol de Marsella; adentro, el servicio está a punto de empezar.</p>
<blockquote><p>En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta</p></blockquote>
<p>Salimos al exterior, al sol, para aprovechar el mistral fresco de la mañana. Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés. Rehúye el foco, pero su verbo claro y su carisma tranquilo lo han convertido en una referencia. Con una sonrisa, nos da la bienvenida.</p>
<h2>De la lucha sindical al motor social</h2>
<p>El McDonald’s de Saint-Barthélemy abrió en 1992, entre bloques de hormigón y tráfico denso. “Llegaron con promesas de empleo”, recuerda Kamel. Prometían modernidad, trabajo, progreso. Lo que encontraron fue un barrio sin plaza y, sin proponérselo, el local acabó convirtiéndose en su punto de encuentro: un refugio accidental donde los vecinos se cruzaban, los jóvenes buscaban wifi y los trabajadores mataban el tiempo antes del turno. A su manera, aquella franquicia de rotonda terminó siendo la plaza del pueblo.</p>
<p>Pero las promesas eran eso, promesas. Pronto chocaron dos mundos: los empleados, con contratos precarios y sueldos mínimos, y una multinacional tan impersonal como su logotipo. “La pelea empezó por céntimos y turnos”, dice Kamel, “y terminó logrando avances que se extendieron a otras ciudades de Francia e incluso fuera del país”. Durante años, el local fue un laboratorio sindical donde se negociaban dignidades a pequeña escala.</p>
<blockquote><p>Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio</p></blockquote>
<p>En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta. Irónicamente, en un país habituado a protestar contra McDonald’s, esta vez se protestaba para mantenerlo abierto. En el punto álgido, Kamel, que había empezado allí como encargado de turno, amenazó con prenderse fuego dentro del local. “Si cierran, me quemo aquí”. La escena recorrió los informativos nacionales, pero no evitó lo inevitable. La persiana bajó, setenta y siete sueldos quedaron en el aire y el barrio perdió su única plaza.</p>
<p>Dos meses después llegó el confinamiento. Calles vacías, supermercados saturados, neveras medio vacías. El local reabrió por necesidad. Donde antes había menús, aparecieron palés, listas y voluntarios. Exempleados, vecinos, sindicatos y colectivos transformaron el espacio en un almacén solidario. En cuestión de días, el viejo restaurante se convirtió en una de las mayores plataformas de reparto de alimentos de Marsella.</p>
<h2>Cuando el conflicto se convierte en proyecto</h2>
<p>Pasada la urgencia, el hambre seguía ahí. En abril de 2021, de aquel impulso nació la asociación La Part du Peuple y tomó forma la SCIC L’Après M, una cooperativa de interés colectivo. El mecanismo era simple y profundamente político: un restaurante económico que financia ayuda social; una ayuda social que refuerza comunidad; itinerarios de inserción que convierten el lugar en un ascensor social.</p>
<p>“El proyecto no distingue orígenes: todos son bienvenidos”, repite Kamel, con la serenidad de quien ha pronunciado esa frase muchas veces. Luego baja la voz y amplía el foco: “No hay lucha de colores; hay lucha de clases. Esto va contra el capitalismo voraz y el individualismo, contra la idea de que cada cual se salva solo”.</p>
<p></p>
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<div class="pie">Foto aérea de la acción Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). © Cineya Productions.</div>
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<p>Aunque se declaran apartidistas, el ADN político de L’Après M es inconfundible. Brota de la experiencia sindical, se alimenta de la denuncia constante de la evasión fiscal de las grandes corporaciones y enlaza con otras batallas obreras históricas, como la de la relojería LIP, gestionada por sus trabajadores. La referencia ideológica es explícita y se ancla en la acción directa. Kamel cita a los Black Panthers: primero alimentar el estómago, después el alma.</p>
<p>Habla con la autoridad de quien conoce el hambre. En los barrios del norte, dice, la comida no se da por sentada: niños que llegan a clase con el estómago vacío, jóvenes que, en uno de los países más ricos del mundo, ven cómo el alquiler o la idea de formar una familia se vuelven quimeras. “Encontrar un trabajo es el primer escalón de la dignidad”, insiste. Y lo sabe: trabajó en este mismo McDonald’s, repartiendo bandejas y horas extra.</p>
<p>L’Après M no se limita a tapar agujeros del Estado. Diseña itinerarios, forma a los recién llegados y demuestra, con hechos, que otra economía es posible. Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio. En paralelo, el restaurante sigue funcionando, genera ingresos y redistribuye recursos.</p>
<p>El círculo virtuoso ha devuelto al lugar lo que siempre debió ser: una plaza cívica. Aquí se come, se conversa, se tramitan papeles, se anuncian eventos. Cuerpo, corazón y cabeza. Alimento, apoyo mutuo y una agenda que mantiene vivo el pulso del barrio.</p>
<p>Y, sin embargo, persiste la pregunta inevitable, seca y contable, que aparece a final de mes: cuando se apaga el rumor del comedor y llega la factura, ¿quién la paga?</p>
<h2>La realidad contable: cuando la utopía paga las facturas</h2>
<p>Incluso las utopías más nobles necesitan cuadrar las cuentas. En L’Après M, los ideales no se miden en manifiestos ni en discursos, sino en columnas de Excel: facturas que hay que pagar, recibos que vencen y el temor persistente a que un día el saldo marque cero. Cada gesto solidario descansa, al final, en algo tan prosaico y decisivo como una factura abonada a tiempo.</p>
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<p>El proyecto es inquilino directo del Ayuntamiento de Marsella bajo un contrato 3-6-9. Quince mil ciento veintiséis euros cada trimestre, cuatro veces al año, que caen sobre la mesa con la regularidad de un jarro de agua fría. Entonces se abre la carpeta azul: la luz de las cámaras frigoríficas, los sacos de harina, el gas, los seguros. Cada línea del presupuesto implica una decisión tomada con el pulso contenido. ¿Qué se paga primero? ¿Qué puede esperar?</p>
<blockquote><p>En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva</p></blockquote>
<p>La visibilidad internacional, del<i> New York Times </i>al <i>Washington Post,</i> trajo también su contrapeso: el escrutinio. <i>Le Figaro </i>cuestionó su viabilidad económica. Desde la cocina, la respuesta fue simple: las cuentas están abiertas. El ejercicio de 2024 se cerró prácticamente en equilibrio, con las inversiones iniciales ya amortizadas. Pero la estabilidad sigue siendo frágil. La tesorería ajustada obliga a compensar con horas voluntarias lo que no alcanza con dinero. Las campañas de comunicación se redactan entre turnos, desde un portátil viejo, con la tecla de la “N” rota, y un Excel que nunca termina de cerrarse.</p>
<p>Kamel lo dice sin rodeos: “Tener beneficios importa”. No para repartir dividendos, sino para sostener aquello que no genera ingresos: el combustible de la furgoneta, las horas de acompañamiento social, la programación cultural. “L’Après M no es una empresa cualquiera. Es un instrumento económico al servicio del interés público. Redistribuimos nuestros beneficios en actividades solidarias. Somos una empresa de inserción y, al mismo tiempo, una herramienta cívica”. En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva. Ganar dinero no es un fin. Es la condición de posibilidad de lo común.</p>
<p>Con el Ayuntamiento, su casero, la relación va más allá de la foto institucional. Es una coproducción permanente, tensa y necesaria. “Mantenemos una escucha mutua para responder mejor a las necesidades del territorio”, explican en el equipo. La convivencia, sin embargo, no siempre resulta sencilla. Un representante llegó a decirles que no hablaban “el lenguaje institucional”. Ellos se rieron. “Nuestro francés es correcto, sabemos usar un ordenador y procuramos no cometer faltas de ortografía. ¿Cuál es entonces ese lenguaje institucional?”. La anécdota encierra una verdad menos amable: hablar desde los márgenes exige traducirse constantemente.</p>
<p>En un barrio acostumbrado a las <em>opérations place nette</em>, con su ruido, chalecos policiales, cámaras y estigmatización, la mera persistencia de L’Après M tiene algo de milagro civil. Su obstinación en permanecer en Saint-Barthélemy es una forma de resistencia silenciosa. Una desobediencia útil.</p>
<h2>Dejando atrás la rotonda: la geografía del cambio</h2>
<p>La rotonda frente al restaurante es una buena atalaya para pensar la ciudad. Desde aquí se intuyen las costuras deshilachadas de Marsella: trabajadores en patinete, cansados de esperar un autobús que no llega; cuatro árboles raquíticos sin sombra; el asfalto que reverbera; carteles de promesas rotas agitándose al viento. También se percibe la otra cara. Un hombre, impecablemente vestido, se acerca, interrumpe nuestra conversación y pregunta cómo puede donar. Entre el calor, el ruido y el polvo, la solidaridad aparece sin protocolo.</p>
<p>Queda mucho por hacer. Pero, por mucho que defienda el distrito 14, L’Après M no quiere mirarse solo a sí misma. “Responder a la urgencia está bien”, dicen, “pero ¿cómo ir más allá?”.</p>
<p>Ideas no faltan. L’Après M quiere llevar su fastronomía social, producto fresco, de proximidad y a precios justos, más allá del barrio. El objetivo es abrir nuevos puntos de venta en Marsella y, quizá, en otras ciudades. De momento, el proyecto viaja. Del Delta Festival al Mucem, donde la cocina opera como embajada itinerante de otra forma de comunidad. El pasado verano trasladaron su mesa al centro, con un pop-up en La Canebière, la gran arteria de la ciudad. Otro código postal, otras reglas. “Queríamos tender un puente entre la ciudad y los barrios”, explicó Kamel en redes. Una frase sencilla para una ambición enorme: que la periferia deje de ser un lugar al que se va a ayudar y empiece a ser un lugar desde el que pensar la ciudad.</p>
<blockquote><p>La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves)</p></blockquote>
<p>Cuando el puente no puede ser físico, se vuelve sonoro. En septiembre nació La Radio du Peuple, una emisora modesta pero obstinada que transforma el ruido del barrio en voz colectiva. Las ondas llegan más lejos que cualquier folleto: entrevistas a vecinos, debates, avisos de última hora. En una ciudad donde tantos sienten que nadie les escucha, la radio suena como una ventana abierta.</p>
<p>En otoño, L’Après M amplió su campo de acción. La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). Más allá de la programación, el gesto apuntaba en una misma dirección: el proyecto empezaba a pensarse también como espacio cultural y político, no solo alimentario.</p>
<p>Más allá del comedor y de la cola de los lunes, L’Après M funciona en un territorio menos visible. Allí donde otros sistemas se detienen, este continúa. Los alimentos que no llegan a las mesas, sobre todo frutas y verduras demasiado maduras o irregulares, no se descartan. Se transforman. De esa lógica han nacido una pequeña conservera y una unidad de micro-metanización que convierte restos orgánicos en energía.</p>
<p></p>
<figure class="figure real"><figcaption class="figure-caption">
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<div class="pie">Montaje de La última cena en L’Après M. Calendario Le Dernier Calendrier: © Manon Sima y Victor Janjic / Le Dernier Calendrier.</div>
</div>
</figcaption></figure>
<p>Pero L’Après M no se detiene en la ayuda alimentaria. Con la Clínica del Apoyo Mutuo acompaña trámites y detecta los frenos invisibles que empujan a muchas familias a la precariedad. El primero, y más persistente, es la vivienda. Para quienes participan en los itinerarios de inserción, conseguir un techo estable sigue siendo el gran obstáculo. Por eso la cooperativa trabaja con propietarios públicos y semipúblicos de vivienda social y se plantea, a largo plazo, crear una comunidad residencial que sirva de refugio y punto de partida hacia la autonomía.</p>
<p>Para que todo eso ocurra sin vivir al filo, me dicen, les gustaría poder acceder a un<a href="https://www.enerfip.eu/es/glosario/arrendamiento-enfiteutico" target="_blank" rel="noopener"> arrendamiento enfitéutico</a> o incluso a un<i> crédit-bail, </i>una fórmula cercana al<i> leasing,</i> que permitiría estabilizar el coste del local y aliviar la tesorería. Con una caja menos tensa, el proyecto dependería menos de la <i>cagnotte</i>, la hucha solidaria que mantienen abierta en su web, y podría concentrar su energía en lo esencial: empleo, comida, comunidad.</p>
<h2>Desde los márgenes</h2>
<p>El sol cae a plomo sobre la rotonda. Kamel tiene que volver a los quehaceres, que no son pocos. Antes de despedirnos, le pregunto por los vínculos con otras iniciativas. Al fin y al cabo, los problemas se repiten. Sonríe y responde con otra pregunta.</p>
<p>“Si tienes un bien y no lo compartes, ¿es realmente un bien?”</p>
<p>Hace una pausa mínima, lo justo para que la frase se asiente, y se responde a sí mismo.</p>
<p>“Un bien es mejor compartido”.</p>
<p>Encogiéndose de hombros, añade que están dispuestos a entregar la receta a quien la pida. Cuanto más se extienda el modelo, mejor para todos.</p>
<p>Permanecer en un territorio del que tantos se marchan ya es un gesto político. Aquí, en Saint-Barthélemy, resistir significa pagar el alquiler a tiempo, mantener la luz encendida y seguir sirviendo comidas en un local que la lógica del mercado había dado por amortizado. L’Après M no se limita a sobrevivir. Persiste. Y al convertir la rutina, abrir, cocinar, repartir, en hábito cívico, vuelve practicable la palabra comunidad.</p>
<p>Pero quedarse no implica inmovilizarse. Cada vez que el equipo cruza la ciudad, cada vez que su hamburguesa OVNI aparece en el puerto o en un festival, el mapa simbólico de Marsella se desplaza un poco. La periferia se mueve, se hace visible, reescribe su papel. En ese ir y venir, los habitantes de Saint-Barthélemy no solo exportan un modelo solidario. Ensayan otra geografía urbana, más abierta, más porosa, más cosmopolita.</p>
<p>“Nuestro territorio es <em>de partout</em>, está en todas partes”, dice Kamel con una sonrisa serena. “Es cosmopolita, a la altura de Marsella”.</p>
<p>Afuera, el cartel del Ayuntamiento sigue proclamando que Marseille se transforme. Quizá sea cierto. Solo que, esta vez, el cambio empieza en la rotonda.</p>
<p>Fuente: <a href="https://www.elsaltodiario.com/economia-social/apres-marsella-mcdonalds-recuperado" target="_blank" rel="noopener">El Salto</a></p>
</div>
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		<item>
		<title>Invertir para transformar</title>
		<link>https://www.economiasolidaria.org/gl/noticias/invertir-para-transformar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[daniel_reasaragon]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Nov 2022 07:56:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Balance social]]></category>
		<category><![CDATA[Fundación Finanzas Éticas]]></category>
		<category><![CDATA[inversión economías alternativas]]></category>
		<category><![CDATA[proyectos cooperativos]]></category>
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					<description><![CDATA[<figure><img width="2560" height="1600" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-scaled.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-scaled.jpg 2560w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-1280x800.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-980x613.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-480x300.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 2560px, 100vw" /></figure>Aún en estos tiempos tan revueltos, y con la crisis financiera todavía sangrándonos los bolsillos, las instituciones financieras mantienen intactas sus políticas comerciales ofreciendo productos de ahorro cuyo único distintivo es la rentabilidad. Como si nada sucediera en el mundo]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure><img width="2560" height="1600" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-scaled.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-scaled.jpg 2560w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-1280x800.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-980x613.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2022/11/6143-480x300.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 2560px, 100vw" /></figure><p>Artículo de Jordi Ibáñez, director de Fundación Finanzas Éticas</p>
<p>Aún en estos tiempos tan revueltos, y con la crisis financiera todavía sangrándonos los bolsillos, las instituciones financieras mantienen intactas sus políticas comerciales ofreciendo productos de ahorro cuyo único distintivo es la rentabilidad. Como si nada sucediera en el mundo. Como si no hubiéramos aprendido nada sobre las obsesiones por las rentabilidades exentas de responsabilidades. El mundo está cambiando y cada vez somos más las personas que nos resistimos a ser tratadas simplemente como animales a quien se les lanza la pelota una y otra vez y la van a buscar sin poner en cuestión el juego del amo.</p>
<p>El paradigma cultural está cambiando en los últimos años. La primera justicia es la conciencia, decía Madeleine, el presidiario Jean Valjean convertido en alcalde en la obra Los Miserables, de Víctor Hugo. Y efectivamente, esa conciencia sobre la situación en la que nos encontramos en el mundo actual, a nivel social, económico y ambiental, el cuestionamiento al papel de los bancos y a su escuálido concepto de rentabilidad, han ganado centralidad. <a href="https://valorsocial.info/que-hicisteis-por-nuestro-mundo-y-nuestro-planeta-cuando-tuvisteis-la-oportunidad/">Antonio Guterres nos interpelaba al inicio de la COP27:</a> “¿Cómo responderemos cuando ese bebé tenga la edad suficiente para preguntar: ¿Qué hiciste por nuestro mundo, y por nuestro planeta, cuando tuviste la oportunidad?” Después de tomar conciencia, esta es la segunda cuestión. ¿Qué hacer?</p>
<h3><strong>La inversión en economías alternativas es posible</strong></h3>
<p>La apelación generalizada es a cambiar las pautas de consumo más sostenibles. Y sin duda tenemos que ir hacia allí. Pero miramos al mundo tal como es, y nos preguntamos con cierto desasosiego si con esto bastará. Y no. No bastará. Empieza a haber conciencia, pero los cambios, además de deseables tienen que ser posibles, y las alternativas económicas son aún escasas, poco visibles y a veces también insuficientemente accesibles para que sea posible un cambio sustancial y generalizado en las pautas de consumo.</p>
<div id="attachment_160512" style="width: 778px" class="wp-caption aligncenter"><p id="caption-attachment-160512" class="wp-caption-text">Campaña REAS Red de Redes</p></div>
<p>En economía social y solidaria sí hay proyectos elegibles, pero no suficientes. Y para serlo, las alternativas requieren consumo, militancia, liderazgos, y a menudo la heroicidad inicial de unas pocas personas muy comprometidas, pero requiere también mucha más inversión. Lo bueno es que estamos más que preparados para captar esa inversión. Y es que, paradójicamente, la inversión en las economías alternativas, hoy en día, sí es elegible: no exige cambiar rutinas, ni sacrificios económicos, ni empleo de tiempo superior, ni elevados conocimientos financieros y hay además proyectos de sobra donde invertir, viables económicamente, merecedores de confianza por profesionalidad, acierto, eficiencia, eficacia, transparencia y responsabilidad. Demos un salto e invirtamos en ellas.</p>
<p>Hay tres maneras de hacerlo: prestando directamente a través de bonos o títulos participativos, aportando capital social, o mediante la suscripción de depósitos o cuentas corrientes en bancos éticos que destinan el 100% de sus imposiciones a ellas. El préstamo, sea de un banco ético, de un socio o un título participativo, es exigible, y por tanto quien recibe el dinero, de manera responsable lo destina a un proyecto sobre el que tiene asegurado o casi asegurado el retorno. Pero cuando lo que necesitamos es emprender colectivamente nuevos proyectos o incrementar de escala los ya existentes, lo que requerimos es dinero propio de la empresa, es decir, de sus socios que asumen el riesgo porque conocen la empresa, participan en ella y creen en su futuro. El dinero propio de la empresa es su capital social y su dimensión nos dará la medida de los retos que se puede plantear y también de su respaldo social. Veamos algunas casuísticas concretas que nos permitan visualizar claramente la necesidad de capital social.</p>
<h3><strong>Proyectos cooperativos en diferentes sectores</strong></h3>
<p>Contamos con numerosos proyectos cooperativos como <a href="https://lacorrientecoop.es/">La Corriente</a>, <a href="https://ecooo.es/">Ecooo Revolución Solar,</a> <a href="https://www.goiener.com/es/">Goiener</a> o <a href="https://www.somenergia.coop/es/">Som Energia</a> que impulsan la producción o comercialización de energías renovables. Si queremos sustituir la energía fósil y evitar que sean Iberdrola, Endesa o Repsol las que de nuevo monopolicen este sector, necesitaremos que estas cooperativas tengan una base social mucho más amplia y un abundante capital social que les permita abrir nuevas plantas de producción y participar en el complejo mercado energético.</p>
<div id="attachment_160516" style="width: 778px" class="wp-caption aligncenter"><p id="caption-attachment-160516" class="wp-caption-text">Imagen de la campaña de captación de capital social de La Corriente</p></div>
<p>Otro caso claro lo encontramos en los incipientes supermercados cooperativos que quieren romper con un modelo de distribución alimentaria absolutamente insostenible desde todos los puntos de vista. Adquirir y adecuar un buen local, con tamaño y ubicación adecuadas, realizar las primeras compras, mantener al personal cuando aún no se ha llegado al umbral de rentabilidad, son costes que se deben asumir mayoritariamente con recursos propios. Entidades como <a href="https://laosa.coop/">La Osa</a> (Madrid), <a href="https://laortiga.com/">La Ortiga</a> (Sevilla), <a href="http://arbore.org/">Árbore</a> (Vigo) o <a href="https://foodcoopbcn.cat/es/">Foodcoop</a> (Barcelona) buscan activamente nuevas socias y más capital social.</p>
<p>También encontramos necesidades de capital social en el ámbito del periodismo independiente y de calidad. Necesitamos extender un relato propio contra el mainstream o tendencia mayoritaria. Pero este tipo de periodismo también necesita un margen de maniobra y apoyo social. Necesita apostar por procesos de digitalización, intercooperación y publicidad que requieren capital social. También aquí encontramos cooperativas activas en estos procesos como <a href="https://alternativaseconomicas.coop/">Alternativas Económicas</a>, <a href="https://www.lamarea.com/">La Marea</a>, <a href="https://directa.cat/">La Directa</a> o <a href="https://www.elcritic.cat/">Crític</a>.</p>
<p>Y finalmente, las finanzas éticas, entidades cooperativas de base ciudadana y sin ánimo de lucro, también necesitan otros recursos económicos más allá de los depósitos y las cuentas corrientes. Como cualquier otra empresa, necesitan de un capital social aportado por sus socias y socios sin el cual no tiene la posibilidad de captar ahorro y prestarlo. <a href="https://www.fiarebancaetica.coop/">Fiare Banca Etica</a> lo ejemplifica en su página web: cada 1.000€ de capital social permite movilizar 15.000€ de ahorro recogido y en préstamos a proyectos transformadores. Y añade que su desarrollo social y ambiental se sostiene sobre la participación en sus procesos de gobierno de una base social amplia. Por eso promueven la entrada de nuevas socias y la ampliación del capital social de las personas que ya forman parte. Las otras dos entidades financieras éticas en nuestro país también buscan activamente en estos momentos más capital social: <a href="https://www.coop57.coop/">Coop57</a> y <a href="https://www.oikocredit.es/es/">Oikocredit</a>.</p>
<div id="attachment_160520" style="width: 778px" class="wp-caption aligncenter"><p id="caption-attachment-160520" class="wp-caption-text">Imagen de la campaña de captación de capital social de Fiare Banca Etica</p></div>
<h3><strong>Proyectos con rentabilidad, pero no solo económica</strong></h3>
<p>Las cooperativas son sociedades de personas de carácter abierto. ¿Qué significa esto? Significa que cualquier cooperativa permite la entrada de nuevos socios y socias en cualquier momento, aunque no haya una campaña concreta específica. Y no sólo significa eso, sino que hay una predisposición mucho más elevada que en las Sociedades Laborales (SL) a incorporar a nuevas personas socias que participen democráticamente del objeto social. En la práctica es más fácil convertirse en socio e invertir en una cooperativa que en una SL. No hará falta, por ejemplo, ir a notaría, disponer de derechos de suscripción preferente, preocuparse por el porcentaje de voto de cada uno, etc. Y al mismo tiempo, también es más fácil salir: la persona puede solicitar el reintegro de su capital en cualquier momento (en algún caso pasado un plazo mínimo) y la cooperativa procederá a devolverlo aplicando al retorno, como en cualquier otro tipo de sociedad, los eventuales beneficios distribuibles y/o las pérdidas que se pudieran haber devengado. De nuevo no hará falta ir a notaría, realizar un reemplazo de la persona socia, o acudir a un mercado secundario a vender tu participación. Además, la persona socia tiene la posibilidad de participar en los órganos de gobierno y control de la entidad y la accesibilidad de la información es muy superior.</p>
<p>Ser elegible, hablando de inversión, significa también movernos en un entorno de seguridad y rentabilidad coherentes. Y la pregunta es: fondos de inversión, planes de pensiones privados, acciones, letras del tesoro, swaps y productos más sofisticados… ¿nos van a dar mayor rentabilidad que participar en una cooperativa como las que hemos mencionado? La rentabilidad media de los fondos de inversión en 2022 a fecha del 30 de septiembre (la última media disponible), según la <a href="https://www.inverco.es/documentos/estadisticas/fondos_inversion/2209_Septiembre-2022/2209_09-Rentab.pdf">Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones (Inverco)</a>, fue del -9,78%. Un dato neto, impune a los costes sociales y ambientales generados nada desdeñables. El capital social voluntario de las cooperativas que estamos hablando devenga un tipo de interés fijo medio de entre el 0% y el 1,5%, y no hace falta más que echar un vistazo al <a href="https://reas.red/wp-content/uploads/2022/11/infografiaGENERAL_0811.png">Balance Social de Reas Red de Redes</a> para ver la contribución que realiza el sector a afrontar los retos del futuro por lo que podemos decir que es una rentabilidad neta de impacto social y ambiental. Alguien discutirá sobre si este ahorro en impactos negativos puede considerarse rentabilidad. Que le pregunte a sus hijas, a sus sobrinos, a cualquier alumna de primaria, a jóvenes de Fridays For Future.</p>
<p>Por tanto, si queremos que la economía social y solidaria crezca tenemos que invertir en ella mucho más de lo que estamos invirtiendo en la actualidad. Preguntémonos cómo ser socio de cada cooperativa y preguntémonos si en esa cooperativa concreta merece la pena aportar más que el capital social obligatorio mínimo y hagamos esa aportación superior. Sólo así podemos contribuir a generar proyectos que sean más fácilmente elegibles, más accesibles y, finalmente, más eficaces para transformar la realidad que nos rodea y dejar un mundo más habitable a las generaciones que nos sucederán.</p>
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