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	<description>El portal de la Economía Solidaria</description>
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		<title>De McDonald’s a comedor popular, la historia de L’Après M en Marsella</title>
		<link>https://www.economiasolidaria.org/noticias/de-mcdonalds-a-comedor-popular-la-historia-de-lapres-m-en-marsella/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[daniel_reasaragon]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 Feb 2026 13:15:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[barrio]]></category>
		<category><![CDATA[ESS Francia]]></category>
		<category><![CDATA[proyectos cooperativos]]></category>
		<category><![CDATA[restauración]]></category>
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					<description><![CDATA[<figure><img width="1500" height="1000" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" fetchpriority="high" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg 1500w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-1280x853.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-980x653.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 1500px, 100vw" /></figure>En una antigua franquicia del norte de Marsella, una cooperativa-restaurante ha reescrito las reglas del mercado: transforma los ingresos en bien común y reinvierte los excedentes en servicios sociales. Desde los márgenes, L’Après M demuestra que la ciudad también puede construirse desde sus barrios.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure><img width="1500" height="1000" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social.jpg 1500w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-1280x853.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-980x653.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2026/02/mac-donalds-comedor-social-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 1500px, 100vw" /></figure><p>A medida que el tráfico se espesa y las naves industriales se alinean a ambos lados de la carretera, se hace evidente que nos acercamos a Marsella. La autopista desciende desde las colinas y el mar, brillante e insistente, se insinúa al fondo, apenas visible entre grafitis, hormigón y el vaivén del asfalto.</p>
<p>Marsella es un puerto bendecido por la geografía. El Vieux-Port se abre, protector, al <a href="https://www.elsaltodiario.com/mediterraneo" target="_blank" rel="noopener">Mediterráneo</a> bajo la mirada atenta de la Bonne Mère. El estuario está sembrado de veleros que entran y salen con una cadencia constante, interrumpida solo por el ir y venir rutinario de los batobus, los ferris urbanos, rumbo a las Calanques o a las Îles du Frioul. Es la postal que todo visitante espera.</p>
<p>Pero el azul intenso queda aquí, de pronto, lejos. Tomar la salida 35, Saint-Barthélemy, es internarse en un tablero de ajedrez roto: un dédalo de autopistas elevadas y bloques de vivienda social donde dominan las texturas del hormigón gris y el ocre deslavado. En los barrios del norte, las torres idénticas se suceden sin fin; viven, por diseño o por abandono, de espaldas al Mediterráneo. Son paisajes de pura ingeniería civil, asfalto, cemento y metal, desconectados, en términos prácticos y emocionales, del corazón histórico de la ciudad.</p>
<blockquote><p>Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright</p></blockquote>
<p>En esa monocromía de torres, rotondas y vallas de alambre, el ojo busca un punto de encuentro. Una carnicería, una tienda de alimentación, algún take away, una parada de bus abarrotada. Hay pocos lugares donde sentarse a compartir un rato. Y entonces, tras el tedio de una rotonda desolada, junto a un cartel municipal que insiste, con optimismo administrativo, en que “Marseille se transforme”, aparece un rótulo distinto. Una invitación sencilla: “Comme vous êtes, vous venez!”.</p>
<h2>Ven tal y como eres</h2>
<p>Pintado a spray, con el signo de exclamación transformado en un puño alzado, el lema “Ven tal y como eres” condensa la filosofía de L’Après M. Nacida en el esqueleto de un antiguo McDonald’s, la cooperativa-restaurante se ha convertido, en apenas cuatro años, en un motor que alimenta a setecientas familias por semana, inserta a vecinos en el mercado laboral y funciona como una auténtica plaza cívica en el norte de Marsella. Su apuesta es tan simple como radical: utilizar herramientas del mercado para financiar lo común y demostrar que la periferia también puede diseñar su propia ciudad.</p>
<p>Del pasado corporativo apenas sobrevive la gran M, intervenida por artistas y reciclada en icono pop, blindada con ironía frente a cualquier reclamación de copyright, y algún eco estructural del antiguo fast food. Todo lo esencial fue reescrito: el equipo, el propósito y, sobre todo, el destinatario. Hoy, el cliente final es el barrio.</p>
<blockquote><p>Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés</p></blockquote>
<p>El esquema es sencillo en su formulación: un restaurante de acceso universal, menús a precio subsidiado, empleo con itinerarios de inserción y, por encima de todo, un espacio cívico donde reunirse sin pedir permiso. A ese núcleo se suma un dispositivo de apoyo que, semana tras semana, reparte cerca de setecientos lotes de víveres entre las familias más vulnerables. El engranaje se sostiene gracias a una red de unos cuarenta voluntarios, la confluencia de donaciones privadas, alianzas locales y una dosis considerable de organización.</p>
<h2>La distribución: un lunes marsellés</h2>
<p>Llegamos un lunes, día de reparto, a media mañana. El servicio lleva horas en marcha; el comedor no abrirá hasta que salga el último lote. La cola, ordenada, rodea el edificio: carritos de la compra, bolsas de tela, algún cochecito de bebé. Durante la espera, las conversaciones fluyen. En un cobertizo que hace de punto de distribución, un voluntario descarga cajas de fruta y revisa etiquetas; a unos pasos, otro controla el orden de entrega con una libreta gastada. Una mujer coloca con cuidado un paquete de pasta en el fondo del carro para que no aplaste las verduras. Nada se acelera; nada se detiene.</p>
<p>Entre el ir y venir aparece Kamel Guemari. Abraza a una vecina, palmea el hombro de un chaval, escucha dos frases y resuelve con una llamada. Sonríe mucho; se detiene poco. Interrumpirlo ahora sería un estorbo.</p>
<p>Cuando se entrega el último lote y la fila se disuelve en el remolino de la rotonda, se abren las puertas del restaurante y asoma la otra mitad del proyecto: mesas altas, tornos de pedido, una pantalla que anuncia los turnos. Todo recuerda a una cadena de comida rápida, solo que aquí la estrella del menú es otra: la hamburguesa OVNI, diseñada por el chef tres estrellas Gérald Passedat. En cocina, el murmullo de la plancha caliente; la charla ligera del equipo. Afuera, la rotonda sigue girando bajo el sol de Marsella; adentro, el servicio está a punto de empezar.</p>
<blockquote><p>En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta</p></blockquote>
<p>Salimos al exterior, al sol, para aprovechar el mistral fresco de la mañana. Exlíder sindical, hoy gerente y portavoz del proyecto, Kamel es una figura respetada por los vecinos y por el tejido asociativo marsellés. Rehúye el foco, pero su verbo claro y su carisma tranquilo lo han convertido en una referencia. Con una sonrisa, nos da la bienvenida.</p>
<h2>De la lucha sindical al motor social</h2>
<p>El McDonald’s de Saint-Barthélemy abrió en 1992, entre bloques de hormigón y tráfico denso. “Llegaron con promesas de empleo”, recuerda Kamel. Prometían modernidad, trabajo, progreso. Lo que encontraron fue un barrio sin plaza y, sin proponérselo, el local acabó convirtiéndose en su punto de encuentro: un refugio accidental donde los vecinos se cruzaban, los jóvenes buscaban wifi y los trabajadores mataban el tiempo antes del turno. A su manera, aquella franquicia de rotonda terminó siendo la plaza del pueblo.</p>
<p>Pero las promesas eran eso, promesas. Pronto chocaron dos mundos: los empleados, con contratos precarios y sueldos mínimos, y una multinacional tan impersonal como su logotipo. “La pelea empezó por céntimos y turnos”, dice Kamel, “y terminó logrando avances que se extendieron a otras ciudades de Francia e incluso fuera del país”. Durante años, el local fue un laboratorio sindical donde se negociaban dignidades a pequeña escala.</p>
<blockquote><p>Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio</p></blockquote>
<p>En 2018, el propietario anunció el cierre por pérdidas. Lo que siguió fue una revuelta en miniatura: pancartas improvisadas, asambleas frente al mostrador, cámaras de televisión a la puerta. Irónicamente, en un país habituado a protestar contra McDonald’s, esta vez se protestaba para mantenerlo abierto. En el punto álgido, Kamel, que había empezado allí como encargado de turno, amenazó con prenderse fuego dentro del local. “Si cierran, me quemo aquí”. La escena recorrió los informativos nacionales, pero no evitó lo inevitable. La persiana bajó, setenta y siete sueldos quedaron en el aire y el barrio perdió su única plaza.</p>
<p>Dos meses después llegó el confinamiento. Calles vacías, supermercados saturados, neveras medio vacías. El local reabrió por necesidad. Donde antes había menús, aparecieron palés, listas y voluntarios. Exempleados, vecinos, sindicatos y colectivos transformaron el espacio en un almacén solidario. En cuestión de días, el viejo restaurante se convirtió en una de las mayores plataformas de reparto de alimentos de Marsella.</p>
<h2>Cuando el conflicto se convierte en proyecto</h2>
<p>Pasada la urgencia, el hambre seguía ahí. En abril de 2021, de aquel impulso nació la asociación La Part du Peuple y tomó forma la SCIC L’Après M, una cooperativa de interés colectivo. El mecanismo era simple y profundamente político: un restaurante económico que financia ayuda social; una ayuda social que refuerza comunidad; itinerarios de inserción que convierten el lugar en un ascensor social.</p>
<p>“El proyecto no distingue orígenes: todos son bienvenidos”, repite Kamel, con la serenidad de quien ha pronunciado esa frase muchas veces. Luego baja la voz y amplía el foco: “No hay lucha de colores; hay lucha de clases. Esto va contra el capitalismo voraz y el individualismo, contra la idea de que cada cual se salva solo”.</p>
<p></p>
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<div class="pie">Foto aérea de la acción Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). © Cineya Productions.</div>
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<p>Aunque se declaran apartidistas, el ADN político de L’Après M es inconfundible. Brota de la experiencia sindical, se alimenta de la denuncia constante de la evasión fiscal de las grandes corporaciones y enlaza con otras batallas obreras históricas, como la de la relojería LIP, gestionada por sus trabajadores. La referencia ideológica es explícita y se ancla en la acción directa. Kamel cita a los Black Panthers: primero alimentar el estómago, después el alma.</p>
<p>Habla con la autoridad de quien conoce el hambre. En los barrios del norte, dice, la comida no se da por sentada: niños que llegan a clase con el estómago vacío, jóvenes que, en uno de los países más ricos del mundo, ven cómo el alquiler o la idea de formar una familia se vuelven quimeras. “Encontrar un trabajo es el primer escalón de la dignidad”, insiste. Y lo sabe: trabajó en este mismo McDonald’s, repartiendo bandejas y horas extra.</p>
<p>L’Après M no se limita a tapar agujeros del Estado. Diseña itinerarios, forma a los recién llegados y demuestra, con hechos, que otra economía es posible. Desde abril de 2021, más de 5.000 hogares se han inscrito para recibir ayuda alimentaria. Cada semana salen de aquí unos 700 lotes; unas ochenta familias los reciben a domicilio. En paralelo, el restaurante sigue funcionando, genera ingresos y redistribuye recursos.</p>
<p>El círculo virtuoso ha devuelto al lugar lo que siempre debió ser: una plaza cívica. Aquí se come, se conversa, se tramitan papeles, se anuncian eventos. Cuerpo, corazón y cabeza. Alimento, apoyo mutuo y una agenda que mantiene vivo el pulso del barrio.</p>
<p>Y, sin embargo, persiste la pregunta inevitable, seca y contable, que aparece a final de mes: cuando se apaga el rumor del comedor y llega la factura, ¿quién la paga?</p>
<h2>La realidad contable: cuando la utopía paga las facturas</h2>
<p>Incluso las utopías más nobles necesitan cuadrar las cuentas. En L’Après M, los ideales no se miden en manifiestos ni en discursos, sino en columnas de Excel: facturas que hay que pagar, recibos que vencen y el temor persistente a que un día el saldo marque cero. Cada gesto solidario descansa, al final, en algo tan prosaico y decisivo como una factura abonada a tiempo.</p>
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<p>El proyecto es inquilino directo del Ayuntamiento de Marsella bajo un contrato 3-6-9. Quince mil ciento veintiséis euros cada trimestre, cuatro veces al año, que caen sobre la mesa con la regularidad de un jarro de agua fría. Entonces se abre la carpeta azul: la luz de las cámaras frigoríficas, los sacos de harina, el gas, los seguros. Cada línea del presupuesto implica una decisión tomada con el pulso contenido. ¿Qué se paga primero? ¿Qué puede esperar?</p>
<blockquote><p>En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva</p></blockquote>
<p>La visibilidad internacional, del<i> New York Times </i>al <i>Washington Post,</i> trajo también su contrapeso: el escrutinio. <i>Le Figaro </i>cuestionó su viabilidad económica. Desde la cocina, la respuesta fue simple: las cuentas están abiertas. El ejercicio de 2024 se cerró prácticamente en equilibrio, con las inversiones iniciales ya amortizadas. Pero la estabilidad sigue siendo frágil. La tesorería ajustada obliga a compensar con horas voluntarias lo que no alcanza con dinero. Las campañas de comunicación se redactan entre turnos, desde un portátil viejo, con la tecla de la “N” rota, y un Excel que nunca termina de cerrarse.</p>
<p>Kamel lo dice sin rodeos: “Tener beneficios importa”. No para repartir dividendos, sino para sostener aquello que no genera ingresos: el combustible de la furgoneta, las horas de acompañamiento social, la programación cultural. “L’Après M no es una empresa cualquiera. Es un instrumento económico al servicio del interés público. Redistribuimos nuestros beneficios en actividades solidarias. Somos una empresa de inserción y, al mismo tiempo, una herramienta cívica”. En un entorno asociativo donde la palabra beneficio suele despertar suspicacias, aquí se ha convertido en sinónimo de supervivencia colectiva. Ganar dinero no es un fin. Es la condición de posibilidad de lo común.</p>
<p>Con el Ayuntamiento, su casero, la relación va más allá de la foto institucional. Es una coproducción permanente, tensa y necesaria. “Mantenemos una escucha mutua para responder mejor a las necesidades del territorio”, explican en el equipo. La convivencia, sin embargo, no siempre resulta sencilla. Un representante llegó a decirles que no hablaban “el lenguaje institucional”. Ellos se rieron. “Nuestro francés es correcto, sabemos usar un ordenador y procuramos no cometer faltas de ortografía. ¿Cuál es entonces ese lenguaje institucional?”. La anécdota encierra una verdad menos amable: hablar desde los márgenes exige traducirse constantemente.</p>
<p>En un barrio acostumbrado a las <em>opérations place nette</em>, con su ruido, chalecos policiales, cámaras y estigmatización, la mera persistencia de L’Après M tiene algo de milagro civil. Su obstinación en permanecer en Saint-Barthélemy es una forma de resistencia silenciosa. Una desobediencia útil.</p>
<h2>Dejando atrás la rotonda: la geografía del cambio</h2>
<p>La rotonda frente al restaurante es una buena atalaya para pensar la ciudad. Desde aquí se intuyen las costuras deshilachadas de Marsella: trabajadores en patinete, cansados de esperar un autobús que no llega; cuatro árboles raquíticos sin sombra; el asfalto que reverbera; carteles de promesas rotas agitándose al viento. También se percibe la otra cara. Un hombre, impecablemente vestido, se acerca, interrumpe nuestra conversación y pregunta cómo puede donar. Entre el calor, el ruido y el polvo, la solidaridad aparece sin protocolo.</p>
<p>Queda mucho por hacer. Pero, por mucho que defienda el distrito 14, L’Après M no quiere mirarse solo a sí misma. “Responder a la urgencia está bien”, dicen, “pero ¿cómo ir más allá?”.</p>
<p>Ideas no faltan. L’Après M quiere llevar su fastronomía social, producto fresco, de proximidad y a precios justos, más allá del barrio. El objetivo es abrir nuevos puntos de venta en Marsella y, quizá, en otras ciudades. De momento, el proyecto viaja. Del Delta Festival al Mucem, donde la cocina opera como embajada itinerante de otra forma de comunidad. El pasado verano trasladaron su mesa al centro, con un pop-up en La Canebière, la gran arteria de la ciudad. Otro código postal, otras reglas. “Queríamos tender un puente entre la ciudad y los barrios”, explicó Kamel en redes. Una frase sencilla para una ambición enorme: que la periferia deje de ser un lugar al que se va a ayudar y empiece a ser un lugar desde el que pensar la ciudad.</p>
<blockquote><p>La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves)</p></blockquote>
<p>Cuando el puente no puede ser físico, se vuelve sonoro. En septiembre nació La Radio du Peuple, una emisora modesta pero obstinada que transforma el ruido del barrio en voz colectiva. Las ondas llegan más lejos que cualquier folleto: entrevistas a vecinos, debates, avisos de última hora. En una ciudad donde tantos sienten que nadie les escucha, la radio suena como una ventana abierta.</p>
<p>En otoño, L’Après M amplió su campo de acción. La tercera edición del festival Peace and Love incorporó cine, música y debate social, y sirvió de marco para la presentación del documental Laissez-nous les clés (Déjennos las llaves). Más allá de la programación, el gesto apuntaba en una misma dirección: el proyecto empezaba a pensarse también como espacio cultural y político, no solo alimentario.</p>
<p>Más allá del comedor y de la cola de los lunes, L’Après M funciona en un territorio menos visible. Allí donde otros sistemas se detienen, este continúa. Los alimentos que no llegan a las mesas, sobre todo frutas y verduras demasiado maduras o irregulares, no se descartan. Se transforman. De esa lógica han nacido una pequeña conservera y una unidad de micro-metanización que convierte restos orgánicos en energía.</p>
<p></p>
<figure class="figure real"><figcaption class="figure-caption">
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<div class="pie">Montaje de La última cena en L’Après M. Calendario Le Dernier Calendrier: © Manon Sima y Victor Janjic / Le Dernier Calendrier.</div>
</div>
</figcaption></figure>
<p>Pero L’Après M no se detiene en la ayuda alimentaria. Con la Clínica del Apoyo Mutuo acompaña trámites y detecta los frenos invisibles que empujan a muchas familias a la precariedad. El primero, y más persistente, es la vivienda. Para quienes participan en los itinerarios de inserción, conseguir un techo estable sigue siendo el gran obstáculo. Por eso la cooperativa trabaja con propietarios públicos y semipúblicos de vivienda social y se plantea, a largo plazo, crear una comunidad residencial que sirva de refugio y punto de partida hacia la autonomía.</p>
<p>Para que todo eso ocurra sin vivir al filo, me dicen, les gustaría poder acceder a un<a href="https://www.enerfip.eu/es/glosario/arrendamiento-enfiteutico" target="_blank" rel="noopener"> arrendamiento enfitéutico</a> o incluso a un<i> crédit-bail, </i>una fórmula cercana al<i> leasing,</i> que permitiría estabilizar el coste del local y aliviar la tesorería. Con una caja menos tensa, el proyecto dependería menos de la <i>cagnotte</i>, la hucha solidaria que mantienen abierta en su web, y podría concentrar su energía en lo esencial: empleo, comida, comunidad.</p>
<h2>Desde los márgenes</h2>
<p>El sol cae a plomo sobre la rotonda. Kamel tiene que volver a los quehaceres, que no son pocos. Antes de despedirnos, le pregunto por los vínculos con otras iniciativas. Al fin y al cabo, los problemas se repiten. Sonríe y responde con otra pregunta.</p>
<p>“Si tienes un bien y no lo compartes, ¿es realmente un bien?”</p>
<p>Hace una pausa mínima, lo justo para que la frase se asiente, y se responde a sí mismo.</p>
<p>“Un bien es mejor compartido”.</p>
<p>Encogiéndose de hombros, añade que están dispuestos a entregar la receta a quien la pida. Cuanto más se extienda el modelo, mejor para todos.</p>
<p>Permanecer en un territorio del que tantos se marchan ya es un gesto político. Aquí, en Saint-Barthélemy, resistir significa pagar el alquiler a tiempo, mantener la luz encendida y seguir sirviendo comidas en un local que la lógica del mercado había dado por amortizado. L’Après M no se limita a sobrevivir. Persiste. Y al convertir la rutina, abrir, cocinar, repartir, en hábito cívico, vuelve practicable la palabra comunidad.</p>
<p>Pero quedarse no implica inmovilizarse. Cada vez que el equipo cruza la ciudad, cada vez que su hamburguesa OVNI aparece en el puerto o en un festival, el mapa simbólico de Marsella se desplaza un poco. La periferia se mueve, se hace visible, reescribe su papel. En ese ir y venir, los habitantes de Saint-Barthélemy no solo exportan un modelo solidario. Ensayan otra geografía urbana, más abierta, más porosa, más cosmopolita.</p>
<p>“Nuestro territorio es <em>de partout</em>, está en todas partes”, dice Kamel con una sonrisa serena. “Es cosmopolita, a la altura de Marsella”.</p>
<p>Afuera, el cartel del Ayuntamiento sigue proclamando que Marseille se transforme. Quizá sea cierto. Solo que, esta vez, el cambio empieza en la rotonda.</p>
<p>Fuente: <a href="https://www.elsaltodiario.com/economia-social/apres-marsella-mcdonalds-recuperado" target="_blank" rel="noopener">El Salto</a></p>
</div>
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		<item>
		<title>De la tasca al gastrobar o cómo acabar con el barrio</title>
		<link>https://www.economiasolidaria.org/noticias/de-la-tasca-al-gastrobar-o-como-acabar-con-el-barrio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[daniel_reasaragon]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Nov 2025 18:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[barrio]]></category>
		<category><![CDATA[Comercio Local]]></category>
		<category><![CDATA[crisis de vivienda]]></category>
		<category><![CDATA[El Salto]]></category>
		<category><![CDATA[gentrificación]]></category>
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					<description><![CDATA[<figure><img width="1500" height="1000" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion.jpg 1500w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion-1280x853.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion-980x653.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 1500px, 100vw" /></figure>El desafío de revitalizar y mantener la esencia de los barrios cuando las políticas públicas no acompañan.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure><img width="1500" height="1000" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion.jpg" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion.jpg 1500w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion-1280x853.jpg 1280w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion-980x653.jpg 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2025/11/Lavapies-gentrificacion-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) and (max-width: 1280px) 1280px, (min-width: 1281px) 1500px, 100vw" /></figure><p>España atraviesa una crisis de vivienda que golpea especialmente a los jóvenes y que va mucho más allá del precio del alquiler. También borra la memoria de los barrios: desaparecen las tiendas y comercios de siempre, espacios que han dado vida a nuestras calles y forman parte de la historia y el imaginario urbano.</p>
<p>Los datos lo confirman: según el INE, en la Comunidad de Madrid el número de tiendas de barrio pasó de 50.853 en 2020 a 43.769 en 2024. Una caída cercana al 14 %. Cada vez quedan menos negocios orientados a las clases trabajadoras que históricamente han habitado los barrios, mientras proliferan establecimientos dirigidos a turistas y a nuevos residentes con alto poder adquisitivo.</p>
<p>Soy una de tantas jóvenes asfixiadas por la precariedad y la falta de estabilidad económica. Mientras Amazon anuncia el despido de 14.000 trabajadores e inversiones millonarias en inteligencia artificial, pienso en la posibilidad de emprender. Mi familia no tiene negocios propios, y las historias que conozco sobre negocios familiares no son especialmente alentadoras. Me pregunto si las nuevas generaciones seremos capaces de revitalizar los barrios o si, al contrario, seguiremos transformando nuestras ciudades en lugares sin alma ni identidad.</p>
<blockquote><p>Hoy, pocas alternativas son realmente sostenibles. Emprender de forma independiente, con precios justos y arraigo local, es casi una hazaña frente a alquileres desorbitados y cadenas multinacionales</p></blockquote>
<p>¿Cómo reemplazar esos comercios sin expulsar a quienes ya viven allí? ¿Cómo revitalizar un barrio sin convertirlo en un producto para otros? Hoy, pocas alternativas son realmente sostenibles. Emprender de forma independiente, con precios justos y arraigo local, es casi una hazaña frente a alquileres desorbitados y cadenas multinacionales. Y quienes han resistido durante décadas, familias que heredaron pequeños negocios, muchas veces terminan vendiendo, agotadas tras años de incertidumbre.</p>
<p>Lo más paradójico es que incluso los que sufrimos las consecuencias de la gentrificación terminamos contribuyendo a ella, y es que, de forma involuntaria, acabamos consumiendo en estos nuevos locales o en cadenas de alimentación. Parte del problema radica en que cada vez quedan menos alternativas: los bares y tabernas de toda la vida van desapareciendo.</p>
<p>Un amigo que vive —o, como dice él, sobrevive— en la calle Salitre desde hace ocho años me cuenta que eventos masivos como Tapapiés, promocionados como una celebración cultural y gastronómica beneficiosa para el barrio, atraen visitantes y consumo, pero también generan saturación y una presión inmobiliaria que asfixia a los negocios de siempre.</p>
<p>“Desde que se celebra este evento multitudinario, el barrio se ha revalorizado y cada vez resulta más difícil que los negocios tradicionales y los vecinos de siempre logren mantenerse. El centro de Madrid está más soso y caro que el café de un aeropuerto: todo lo que no es cadena es un gastrobar ‘moderno’ con berenjena asada, jamón ibérico y miel por 20 euros. Mucho ladrillo visto, mucho postureo… y sales con hambre y la cartera llorando”, manifiesta indignado.</p>
<p>En los años 60, cuando la palabra gentrificación aún no figuraba en el debate público, Jane Jacobs ya advertía sobre la muerte de las grandes ciudades. Para la socióloga, la diversidad urbana, era una fuerza generadora de ideas, comunidad y soluciones. Jacobs confiaba ciegamente en que las ciudades podían regenerarse por sí mismas. Esta creencia resulta hoy muy lejana: sin políticas públicas, ni regulación o protección a la vida local, la capacidad de las ciudades para reinventarse está en riesgo.</p>
<p>La serie <i>The Curse</i>, estrenada hace un par de años y protagonizada por Emma Stone, aborda precisamente esta problemática, explorando con ironía y espíritu crítico la figura del “salvador blanco”. La trama sigue a una pareja que llega a La Española, una comunidad mayoritariamente latina en Nuevo México, con el supuesto objetivo de “revitalizar” el barrio. Abren negocios ecológicos y promueven un estilo de vida moderno y sostenible, pero completamente desconectado de la cultura, la economía y las necesidades reales del vecindario. Aunque afirman querer ayudar, terminan elevando los precios, desplazando a familias y desdibujando la identidad del lugar. La serie revela una verdad incómoda: las buenas intenciones no bastan cuando un proyecto surge desde el privilegio y no se compromete de manera real con el bienestar de la comunidad.</p>
<blockquote><p>La realidad es que los comercios de proximidad generan empleo local, fortalecen la comunidad, preservan la memoria y fomentan el sentido de pertenencia. Cuando desaparecen, los precios suben</p></blockquote>
<p>La realidad es que los comercios de proximidad generan empleo local, fortalecen la comunidad, preservan la memoria y fomentan el sentido de pertenencia. Cuando desaparecen, los precios suben, los vínculos se rompen y los vecinos se marchan. Esto es precisamente lo que ocurre en barrios como Lavapiés o Malasaña, donde el proceso de gentrificación comercial es evidente: bares tradicionales son reemplazados por nuevas propuestas de vanguardia.</p>
<p>En la actualidad, mercados <i>gourmet </i>y cafés de especialidad conviven con la desaparición de colmados, fruterías y bares familiares. Platos cotidianos y baratos se reinventan como experiencias gourmet, excluyendo a las mismas comunidades que los crearon. En Lavapiés, un pincho de tortilla puede llegar a costar 10€ y un hummus alrededor de 9€ en locales de especialidad o de estilo gourmet.</p>
<p>Mientras tanto, surgen iniciativas vecinales que nos permiten recuperar el aliento. Esta es una Plaza es un espacio verde gestionado por los propios vecinos, que ofrece huertos urbanos y alimentos frescos a quienes los necesitan, fortaleciendo lazos comunitarios y combatiendo la pobreza alimentaria.</p>
<p>Aunque quedó en fase de planificación, la iniciativa vecinal SUPERCOOP Lavapiés se definía como “un proyecto de cooperación y participación ciudadana para un consumo más sostenible y responsable… apoyamos la producción ecológica, justa y de cercanía”.</p>
<p>Tampoco podemos olvidar cuando los vecinos convirtieron una antigua oficina de Bankia en un centro social. En La Canica, la comida podía intercambiarse por habilidades o educación. Este espacio fue desalojado hace más de un año y transformado en apartamentos turísticos ilegales, otro ejemplo de cómo la gentrificación destruye el espíritu de comunidad.</p>
<blockquote><p>“Las ciudades pueden ofrecer algo para todos solo cuando son creadas por todos”, escribe Jacobs. Quizá ahí radica el problema</p></blockquote>
<p>Para mantener los barrios vivos, debemos entender la alimentación, igual que la vivienda, la cultura y los servicios básicos como un derecho y un bien común, no solo como mercancía.</p>
<p>No es que no queramos luchar; es que a menudo sentimos que no hay salida. Eso me dicen mis amigas y amigos, jóvenes que intentan resistir en barrios donde la precariedad y la especulación avanzan más rápido que cualquier proyecto de vida digna.</p>
<p>Esa sensación de impotencia quizá sea uno de los daños más profundos que nos deja esta crisis urbana: una generación dispuesta a construir comunidad y emprender de manera sostenible, pero a la que el mercado y la política le niegan el espacio para hacerlo.</p>
<p>“Las ciudades pueden ofrecer algo para todos solo cuando son creadas por todos”, escribe Jacobs. Quizá ahí radica el problema: cuando sentimos que ya no pertenecemos, cuando la ciudad funciona únicamente para intereses ajenos a quienes la habitan y le dan vida&#8230;</p>
<p>Un artículo de Emma González para <a href="https://www.elsaltodiario.com/madrid/tasca-al-gastrobar-acabar-barrio" target="_blank" rel="noopener">El Salto</a>.</p>
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		<title>Curso de activismo energético: ¡Enciende la transformación de tu barrio!</title>
		<link>https://www.economiasolidaria.org/actividades/curso-de-activismo-energetico-enciende-la-transformacion-de-tu-barrio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[daniel_reasaragon]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jan 2024 13:46:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[activismo]]></category>
		<category><![CDATA[activismo energético]]></category>
		<category><![CDATA[barrio]]></category>
		<category><![CDATA[Curso]]></category>
		<category><![CDATA[movimiento vecinal]]></category>
		<category><![CDATA[Transición energética]]></category>
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					<description><![CDATA[<figure><img width="1200" height="628" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico.png" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico.png 1200w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico-980x513.png 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico-480x251.png 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) 1200px, 100vw" /></figure>Curso para a toda persona interesada en la transición energética y que quiera implicarse en generar movimiento en su barrio.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<figure><img width="1200" height="628" src="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico.png" class="attachment-full size-full wp-post-image" alt="" decoding="async" loading="lazy" srcset="https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico.png 1200w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico-980x513.png 980w, https://www.economiasolidaria.org/wp-content/uploads/2024/01/banner-web-curso-activismo-energetico-480x251.png 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) 1200px, 100vw" /></figure><p><strong>¿Quieres ser el motor de la transformación de tu barrio?</strong></p>
<p>El Curso de activismo energético: ¡Enciende la transformación de tu barrio! es una formación presencial diseñada por Bloques en transición con la que aprenderás nociones básicas sobre cultura y transición energética, buenas prácticas de autoconsumo colectivo y rehabilitación energética, y claves de comunicación, interacción y dinamización vecinal a partir de una metodología teórica y práctica.</p>
<p>El curso está dirigido a toda persona interesada en la transición energética y que quiera implicarse en generar movimiento en su barrio. No es imprescindible tener conocimientos previos en estos temas, aunque sí puede favorecer el aprendizaje.</p>
<p>La formación se compone de seis sesiones presenciales (de dos horas y media de duración cada una), una visita y una sesión práctica (cuya fecha se decidirá a lo largo del cuso).</p>
<p><strong>Contenidos:</strong></p>
<p>1. Crisis ecosocial, economía solidaria y transición energética (30 enero)</p>
<p>La transición energética y la crisis ecosocial.<br />
Protagonismo ciudadano y economía solidaria en la transición energética.<br />
Ahorro, eficiencia y alternativas.<br />
Cambio de paradigma y cultura energética.</p>
<p>Dinamizan: Luis Rico, Ecologistas en Acción, y Cote Romero, experta en transición energética.</p>
<p>2. La energía que se ahorra: rehabilitación energética I y II (6 y 13 febrero)</p>
<p>¿Qué implica la rehabilitación energética?<br />
¿Qué es y qué supone un diagnóstico de eficiencia energética?<br />
¿Cuánto cuesta y cuánto dura un proceso de rehabilitación?<br />
Subvenciones para la rehabilitación energética.<br />
¿Qué pasos hay que dar para iniciar el proceso?<br />
¿Qué impacto tiene rehabilitar energéticamente el edificio?<br />
¿Cómo ayuda a garantizar el derecho a la energía y combatir la pobreza energética?</p>
<p>Dinamiza: ReBive</p>
<p>3. Hacia una cultura energética barrial: dinamización vecinal y participación comunitaria (20 febrero)</p>
<p>La importancia estratégica de la transición energética para el movimiento vecinal, y oportunidades para los barrios.<br />
La inspiradora experiencia de la rehabilitación integral del Poblado Dirigido Orcasitas, en la que se han<br />
implicado más de 100 comunidades de propietarias/os.<br />
Herramientas para la acción en la comunidad.</p>
<p>Dinamizan: Quique Villalobos, presidente de FRAVM, y Manuela Navarro, presidenta de la AV Guetaria (Poblado<br />
Dirigido de Orcasitas).</p>
<p>4. La energía que producimos I y II: autoconsumo colectivo y comunidades energéticas (27 febrero y 5 marzo)</p>
<p>¿Qué implica la instalación de placas solares?<br />
¿Qué impacto tiene en nuestras facturas?<br />
¿Qué necesitamos para ponerla en marcha y cuánto cuesta?<br />
¿Cuándo se amortiza?<br />
¿Qué diferencia hay entre una comunidad energética y el autoconsumo colectivo?<br />
¿Cómo ayuda a garantizar el derecho a la energía y combatir la pobreza energética? Explicar la factura.</p>
<p>Dinamiza: Socaire</p>
<p>5. Encuentro con Yayo Herrero: transición ecosocial justa, desafíos y aprendizajes desde los barrios (11 abril)</p>
<p>Un taller participativo donde recopilar y compartir los aprendizajes y debates desarrollados durante el curso. Una<br />
oportunidad para convertir estas reflexiones en aportes valiosos para conformar una propuesta de transición ecosocial justa en las ciudades.</p>
<p>Dinamiza: Yayo Herrero, cooperativa Garúa, Foro Transiciones y Ecologistas en Acción.</p>
<p>6. Visitas y puesta en práctica (las fechas se decidirán a lo largo del curso)</p>
<p>Sesión de termografía.<br />
Visita a instalaciones fotovoltaicas.<br />
Oportunidad de trasladar estos conocimientos a tu bloque o comunidad escolar con ayuda del proyecto.</p>
<p><a href="https://tangente.coop/wp-content/uploads/2024/01/Diptico_Curso_Activismo_Energetico_BloquesEnTransicion_Tangente.pdf">Descarga aquí el díptico informativo</a></p>
<p><strong>Calendario</strong></p>
<p>El curso se realizará todos los martes desde el 30 de enero al 5 de marzo de 18:00 a 20:30, en la sede de la Asociación Vecinal Palomeras Bajas (Travesía de Felipe de Diego, 31, posterior, 28018, Madrid).</p>
<p>Al finalizar el curso se entregará a cada participante un certificado de aprovechamiento.<br />
Inscripciones</p>
<p>Para inscribirte en el curso accede a <a href="https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSfV_xLxyaaJEJz7fhjEzzEHRFJwkjPVNMnIAvrkkAxXGmIo_Q/viewform">este enlace.</a></p>
<p>Más información de Bloques en Transición en la<a href="https://tangente.coop/bloquesentransicion/"> web del proyecto.</a></p>
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