Feminismos

Hay que cambiar el trabajo cuando no da la vida

Es necesario conectar los malestares cotidianos (con sus marcas de género, raza y clase, entre otras) con las formas en que se organiza el empleo y se reparte la riqueza. Desde el feminismo y la Economía Social y Solidaria se proponen claves para una política laboral que ponga la vida en el centro. Silvia Piris / Zaloa Pérez / Malena Burghardt Lauzurica de REAS Euskadi y Red Anagos para Pikara.

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Millones de mujeres sostienen, sin salario, sin cotización y sin reconocimiento, el entramado que permite que todo lo demás funcione. Cuidan cuerpos enfermos, acompañan infancias, sostienen personas mayores. Y cuando salen al mercado laboral, lo hacen en condiciones diseñadas como si ese trabajo no existiera, como si la jornada laboral empezara y terminara en el puesto de trabajo. Según el informe más reciente de la OIT, 708 millones de mujeres están fuera del mercado laboral a causa de los cuidados no remunerados, frente a 40 millones de hombres en la misma situación.

En este contexto el “no me da la vida” se ha convertido en algo recurrente. ¿Cuántas veces utilizamos esta expresión como síntesis de muchos de nuestros malestares? Y frente a quienes tienen la tentación de ver problemas individuales, de mala organización o de debilidad, nosotras vemos un sistema que nos agota. Una manera de nombrar esa colisión entre empleos que lo ocupan todo y vidas que siguen necesitando ser sostenidas. De nombrar también que algunas vidas dan para menos que otras, y de que el sistema sigue funcionando porque alguien, casi siempre mujeres, están absorbiendo los costes invisibles, las vulnerabilidades y las dimensiones cada vez más privatizadas.

Desde la Economía Social y Solidaria (ESS) hemos visto que este conflicto está presente también en nuestras entidades, que necesitamos salvar la distancia entre discurso y práctica. Y que los feminismos, y concretamente la economía feminista, nos aporta un marco conceptual y político central para ello.  Desde ahí abordamos la construcción de organizaciones habitables: espacios donde la vida quepa, donde no haya que elegir entre sostenerse o sostener el proyecto, donde se piensen formas alternativas de participación, liderazgos y reparto de los trabajos, donde los cuidados no sean un problema individual sino una responsabilidad compartida. No es una idea abstracta: es un marco político y práctico, en construcción, que sirve para orientarnos y dotar de sentido a todo lo que vamos haciendo para, como decíamos, hacer la ESS (y sus organizaciones) más feminista.

En este proceso de revisión nos encontramos con la política laboral, todos aquellos acuerdos, medidas, herramientas que ordenan la vida de las personas trabajadoras de nuestras entidades. ‘Ante el no me da la vida, política laboral feminista’”, impulsado por Mugarik Gabe, SETEM Hego Haizea y REAS Euskadi, recoge parte de este proceso, en el que se reflexiona sobre ámbitos como tiempos, condiciones económicas, organización de las tareas, fortalecimiento de capacidades y participación, espacios e identidad y clima laboral. Y en el que se construyen 10 principios y 20 acuerdos que muestran que hacer organizaciones más habitables no es solo deseable, es posible. Y que hacerlo implica tocar poder, recursos y privilegios.

Porque hablar de redistribución de la riqueza implica ampliar la mirada a qué estamos entendiendo por riqueza. Sin dejar de lado lo material, el dinero, nos obliga también a hablar de cuestiones como los tiempos, quién dispone de estos y por qué. Nos invita a hablar de reconocimiento y valoración. Nos hace mirar con atención la distribución de los trabajos, quién hace qué, en qué condiciones y por qué esa tarea vale lo que vale.

La economía feminista y ESS llevan décadas construyendo respuestas a eso, no solo desde la teoría sino desde la práctica organizativa, desde el conflicto interno, desde el ensayo y el error de miles de organizaciones que intentan hacer las cosas de otra manera. Este artículo recoge cinco claves en esa dirección.

1. Sin cuidados no hay riqueza

El sistema económico sigue funcionando como si cuidar no fuera un trabajo. Como si no generara valor. Como si no agotara cuerpos. La economía feminista lleva décadas señalando esta contradicción estructural y denunciando que esta responsabilidad recae sobre las mujeres de forma desproporcionada, especialmente sobre las que acumulan más vulnerabilidades como lo son las mujeres migradas y las racializadas.

Redistribuir la riqueza empieza por ahí: por reconocer que cocinar, limpiar, cuidar o acompañar también son trabajo. Y que no puede seguir recayendo de forma gratuita y desigual sobre las mujeres. Este reconocimiento tiene implicaciones directas en términos de cotizaciones, pensiones, tiempo libre y poder de negociación. Implica también impulsar sistemas públicos universales de cuidados, que saquen esta responsabilidad de las áreas privadas y la conviertan en un derecho colectivo.

El ámbito organizacional, nuestro aprendizaje es claro: sin redistribución de los cuidados no hay justicia laboral. Y eso no va de conciliación individual, va de reorganizarlo todo. Desde los horarios hasta las cargas de trabajo, pasando por permisos, ritmos y expectativas.

Reducir la jornada sin reducir salario, mejorar permisos, garantizar el derecho al cuidado o revisar quién está sosteniendo lo invisible dentro de las organizaciones no son medidas accesorias. Son redistribución real de tiempo, de energía y de vida.

2. Democratizar la empresa también es repartir la riqueza

La riqueza no se concentra en abstracto y en el ámbito de las organizaciones y de las empresas esta concentración se produce de una manera muy concreta: cuando quienes trabajan no tienen ningún poder sobre las decisiones que les afectan y cuando los beneficios generados colectivamente se acumulan en muy pocas manos.

La ESS propone otra arquitectura: propiedad colectiva, gestión democrática, reinversión social de los excedentes. En el Estado español, la ESS da empleo a más de 2,2 millones de personas y muestra históricamente mayor estabilidad en el empleo y menores brechas salariales internas que las empresas convencionales. Una política laboral que fomente estos modelos apuesta por estructuras donde el poder de decisión sobre la riqueza generada no está concentrado.

La dimensión feminista de esa democratización va más allá de los datos salariales. Como documenta el estudio de REAS RdR ‘Las mujeres en la ESS. Perfil de competencias y necesidades de formación para incrementar y visibilizar su liderazgo’ las brechas de género se reducen en organizaciones con estructuras más horizontales y en donde las mujeres están en los espacios de decisión. Esto no ocurre de forma automática, requiere trabajo consciente de transformación cultural. Las lógicas patriarcales no desaparecen por el hecho de organizarse bajo un modelo de la ESS, lo que cambia son las condiciones para disputarlas.

Democratizar las empresas también implica hacer compatibles los espacios de decisión con la vida (ritmos, horarios, etcétera), revisar liderazgos, cuidar los procesos de toma de decisiones y participación, y corregir desigualdades internas en estructuras y procedimientos.

Esto conecta directamente con una redistribución más justa de la riqueza, al disputar no solo el reparto económico, sino también el poder de decisión porque repartir la riqueza también es repartir la capacidad de decidir sobre ella.

3. Las brechas no se reducen solas

La desigualdad de género en el empleo no es una anomalía: es parte del sistema.

La brecha salarial de género en el Estado español se sitúa entre el 15 y el 20 por ciento, según la fuente y la metodología, pero todas las mediciones apuntan en la misma dirección. En el caso de Euskadi esa brecha se reduce a un margen entre el 13 y 14,7 por ciento y Navarra resulta ser la comunidad autónoma que registra la mayor brecha salarial entre mujeres y hombres (20,68 por ciento), según datos de UGT. Detrás del porcentaje hay segregación horizontal, con mujeres concentradas en los sectores peor pagados; una cúpula directiva donde solo el 9 por ciento de las direcciones generales están ocupadas por mujeres; mayor parcialidad no deseada; y la penalización económica por la maternidad, que no tiene equivalente masculino. Según CCOO, una de cada cuatro mujeres en el Estado español cobra el salario mínimo o menos.

En los sectores más feminizados y precarizados como son el trabajo doméstico, los cuidados, el comercio informal y la agricultura de temporada, la intersección de género, clase, origen étnico y situación administrativa multiplica la vulnerabilidad. La ampliación de derechos de las empleadas del hogar y la ratificación del Convenio 189 de la OIT fueron avances reales, arrancados tras años de presión de las propias trabajadoras y de los movimientos feministas. El reto ahora es que se apliquen con eficacia y que no se queden en papel.

Cerrar estas brechas requiere más que datos, requiere de transparencia salarial con consecuencias reales, planes de igualdad que obliguen a actuar, criterios de igualdad en contratación y promoción. Y también el reconocimiento y reparto de todos los trabajos invisibles que se realizan dentro de las propias organizaciones.

La ESS ofrece condiciones más favorables para estructuras salariales más horizontales porque no opera bajo la presión de maximizar beneficio a cualquier coste. Pero tampoco es inmune a reproducir las desigualdades del entorno, y el análisis feminista de la propia ESS muestra avances reales, pero también tensiones que no conviene romantizar.

4. No todo vale para crecer

Hay una pregunta que raramente aparece en los debates de política laboral: para qué producimos. El sistema tiene una respuesta incorporada, producimos para acumular capital. El bienestar de las personas, la sostenibilidad de los ecosistemas, la calidad de vida queda en un segundo plano, o directamente fuera del debate si no generan beneficio económico.

La economía feminista y la ESS llevan décadas respondiendo desde una lógica diferente: producimos para sostener la vida. La medida del éxito económico no puede ser solo el crecimiento del PIB. Tiene que incluir la salud de las personas, su tiempo libre, sus relaciones, su seguridad. Y recupera también la importancia del cómo. No importa solo lo que hacemos sino también cómo lo hacemos.

Este cambio de orientación tiene implicaciones concretas para la política laboral. Cuestionar la productividad ilimitada como valor en sí mismo. Poner límites a la acumulación a través de fiscalidad progresiva, impuestos a las grandes fortunas, restricciones en empresas con participación pública. Redefinir qué trabajo social es valioso, porque no puede seguir siendo más rentable especular con vivienda que cuidar personas mayores.

Las organizaciones de la ESS trabajan con esta lógica desde hace décadas, priorizando el bienestar de las personas en sentido amplio sobre la rentabilidad a corto plazo; generando empleo de calidad sin seguir el modelo extractivo; tratando de integrar los diferentes momentos vitales de las personas en la definición de sus políticas laborales. Los bancos de tiempo, las cooperativas de consumo, las monedas sociales o los mercados de intercambio son prácticas concretas de otra forma de producir y distribuir la riqueza. Organizaciones que adaptan sus puestos, que desde un enfoque psicosocial evalúan el bienestar de las personas trabajadoras, que priorizan invertir sus recursos en ampliar ese bienestar y en hacerse cargo de los posibles impactos del empleo en nuestras vidas, avanzan también en el cuestionamiento de esa centralidad del crecimiento.

No es solo mejorar el trabajo. Es cambiar su sentido.

5. Fortalecer lo común para redistribuir la riqueza

Uno de los mecanismos más eficaces de concentración de riqueza es la fuga de capital: los beneficios generados en un territorio se extraen hacia centros financieros globales, dejando atrás empleo precario y comunidades que tienen que sostenerse solas. La ESS lleva años construyendo alternativas: circuitos cortos de producción, finanzas éticas y mercados locales que mantienen la riqueza donde se genera.

Para ello resulta necesario incidir en la contratación pública responsable, marcos normativos favorables y apoyo institucional sin tutelaje apostando por una redistribución que no depende solo de la fiscalidad sino de cómo se organiza la actividad económica en el territorio.

Esta relocalización de la actividad económica y, por tanto, de la riqueza pasa también por contar con organizaciones que hagan parte de este mercado social, que sigan construyendo ecosistemas económicos alternativos con escala real.

Desde un enfoque feminista, requiere tener en cuenta al menos dos cuestiones. En primer lugar, poner en valor lo comunitario. Las redes de cuidado mutuo, los grupos de crianza compartida, las redes vecinales de apoyo, las iniciativas de soberanía alimentaria lideradas por mujeres son también redes económicas. Producen bienestar, generan vínculos, sostienen comunidades.

Y, en segundo lugar, seguir construyendo otras narrativas que den sentido a eso “común”. Frente a la frustración, el cansancio, apostamos por reconocer todo lo hecho. Por contarlo y contárnoslo, como una manera también de comprometernos con el entorno. Por seguir entendiendo que la construcción de políticas laborales feministas, invertir tiempos y recursos en ello, debe ser una cuestión que nos permita generar identidad compartida y valor. Un argumento de peso para seguir haciendo camino juntas.

Que no nos de la vida también es político

Estas cinco claves son una impugnación directa a la forma en que hoy se organiza el trabajo y se reparte la riqueza. No es posible una redistribución justa de la riqueza sin una reorganización de todos los trabajos. Y no es posible hacer este ejercicio de reorganización sin cuestionar el papel que el patriarcado y el capitalismo han asignado a las mujeres y otras identidades de género en esa división.

Estas reflexiones han puesto palabras a algo que muchas ya sabíamos en el cuerpo: que ese agotamiento no es casual, ni individual, ni se arregla con agendas mejor organizadas. Es estructural. Y, por tanto, también puede ser político.

Convertir el “no me da la vida” en conflicto y en propuesta implica dejar de adaptarnos a un modelo que nos exprime y empezar a discutir sus reglas. Implica preguntarnos por qué hay trabajos que no cuentan, por qué los cuidados siguen siendo un asunto privado y por qué la riqueza que generamos colectivamente acaba concentrándose en tan pocos lugares.

Una política laboral feminista y desde la ESS no viene a “incluir” a las mujeres en lo que ya hay. Viene a cambiarlo. A repartir el trabajo, el tiempo, los cuidados y el poder. A poner límites a la acumulación y a sostener la vida como prioridad.

Porque igual el problema no es que no nos dé la vida.

Igual el problema es para qué —y para quién— está organizada.

 

Fuente: Pikara Magazine

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