Consumo Responsable

¿Cuál es el impacto de comprar ultra low cost? Los casos de Shein, Temu y AliExpress.

Si un producto es excesivamente barato, alguien está asumiendo el resto de su coste.

6 July 2026

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Comprar ropa, gadgets tecnológicos o decoración por menos de lo que cuesta un café parece un chollo. Plataformas como Shein, Temu o AliExpress han revolucionado el comercio electrónico con precios extraordinariamente bajos y una oferta casi infinita. Pero, ¿cómo es posible vender tan barato? ¿Y qué coste ambiental, social y económico se esconde detrás de estos precios?
Del low cost al ultra low cost

Hace unas décadas, el concepto low cost revolucionó varios sectores de consumo. Sobre todo llegó de la mano de las compañías aéreas, que ofrecían vuelos a precios muy bajos, con una promesa clara: pagar menos a cambio de renunciar a algunas prestaciones.

Pero en los últimos años hemos dado un paso más. La llegada de plataformas como Shein (moda ultra rápida) y Temu o AliExpress (mercados digitales que venden todo tipo de productos a precios muy baratos) ha consolidado lo que ya se conoce como ultra low cost: productos vendidos a precios todavía más bajos, tan bajos, que a menudo cuesta entender cómo han sido fabricados, transportados y comercializados sin perder dinero por el camino.

Una camiseta por 3 euros, unos pendientes por menos de 1 euro o un aparato electrónico por pocos euros ya no son excepciones, sino una parte central de un modelo de negocio basado en una oferta casi infinita, descuentos constantes y compras impulsivas.

Qué costes quedan fuera de la etiqueta. Porque, cuando los precios llegan a estos extremos, es inevitable preguntarse quién está asumiendo la diferencia.

El modelo de negocio de las plataformas ultra low cost

AliExpress, fundada el 2010 por el grupo Alibaba, fue una de las primeras grandes plataformas a conectar directamente fabricantes chinos con consumidores de todo el mundo. Años más tarde llegaron Shein, especializada en moda ultra rápida, y Temu, lanzada el 2022, y que en muy poco tiempo se ha convertido en una de las aplicaciones de compras más descargadas del mundo.

A pesar de sus diferencias, comparten un mismo modelo de negocio: vender directamente por internet, eliminar intermediarios, producir a gran escala y ofrecer una cantidad casi infinita de productos a precios extraordinariamente bajos. A través de algoritmos, promociones constantes y una experiencia de compra muy gamificada, consiguen que comprar sea fácil, rápido y a menudo impulsivo.

Su crecimiento ha sido espectacular. Millones de personas compran regularmente en estas plataformas, atraídas por precios difíciles de encontrar en el comercio convencional.

Ultra low cost: ¿cómo pueden vender tan barato?

Este modelo no se basa en un único secreto ni en una innovación revolucionaria. Los precios extremadamente bajos que ofrecen son el resultado de la combinación de varios factores que permiten reducir costes en casi todas las etapas del proceso: desde la fabricación hasta la distribución, pasando por la logística y la fiscalidad.

  • Producción muy barata. Una parte importante de los productos que se venden en estas plataformas se fabrican en China y en otros países asiáticos con costes laborales muy bajos. Además, varias investigaciones periodísticas como «Dejarse la piel por Shein» han denunciado casos de jornadas laborales muy largas, horas extras excesivas y sistemas de producción sometidos a una fuerte presión para cumplir plazos muy ajustados. Esta presión, además, no afecta solo los salarios, sino también otros aspectos como la seguridad laboral, la protección social o la capacidad de las personas trabajadoras para negociar mejoras en sus condiciones.
  • Economías de escala. Estas plataformas operan a escala global y venden centenares de millones de productos cada año, hecho que les permite negociar mejores precios con fabricantes, empresas logísticas y proveedores de servicios. Cuanto mayor es el volumen de producción o de ventas, menor es el coste unitario de cada producto.
  • Venta directa. Estas empresas eliminan buena parte de los intermediarios tradicionales. Plataformas como Temu o AliExpress conectan directamente fabricantes y consumidores a través de internet. Además, no necesitan mantener una extensa red de tiendas físicas (con los costes de alquiler, personal y mantenimiento que esto implica). Esta estructura más simple permite reducir gastos y ofrecer precios más bajos.
  • Ventajass fiscales y aduaneras. Durante años, el crecimiento de estas plataformas también se ha visto favorecido por determinadas normas comerciales internacionales. Tradicionalmente, muchos paquetes de bajo valor enviados directamente desde países extracomunitarios han sido sometidos a menos controles aduaneros y, en algunos casos, han disfrutado de exenciones fiscales o procedimientos simplificados. Esto ha permitido reducir costes administrativos y agilizar las importaciones. A pesar de que la situación está cambiando, el enorme volumen de paquetes que llegan diariamente continúa representando un reto para las autoridades aduaneras y de vigilancia de mercado.

La reflexión que hay que hacer es si estos ahorros son, en realidad, costes que se están trasladando a otros lugares: a las personas trabajadoras, al medio ambiente o a los sistemas públicos de control y regulación.

El impacto ambiental: millones de paquetes en movimiento

Cuando pensamos en el impacto ambiental de una compra, a menudo nos fijamos en el producto: de que está hecho, si es reciclable o cuánto ha contaminado fabricarlo. Pero en el caso de las plataformas de ultra low cost, una parte muy importante del impacto se genera mucho antes que el paquete llegue a casa nuestra. El transporte, la rapidez de las entregas, la producción constante de novedades y la corta vida útil de los productos hacen que la huella ambiental de este modelo sea especialmente elevada.

  • Transporte. Una de las características de estas plataformas es que envían los pedidos directamente desde los centros logísticos asiáticos hasta la persona consumidora. En lugar de enviar grandes cantidades de productos a tiendas o distribuidores locales, hacen llegar millones de paquetes individuales a domicilios de todo el mundo. Este modelo multiplica los trayectos y hace que, cada día, una enorme cantidad de pequeños paquetes recorra miles de kilómetros antes de llegar a su destino. Además, una parte importante de los envíos se hace por vía aérea. A pesar de ser el medio de transporte más rápido, también es uno de los más contaminantes: transportar mercancías en avión puede generar muchas más emisiones de gases invernadero que hacerlo por barco o ferrocarril.
    • isiones. La extracción de materias primas, la fabricación, el transporte internacional, la distribución y el embalaje forman parte de su huella ambiental de un producto. Cada producto puede tener una huella muy superior a la que imaginamos.
    • Sobreproducción. En el caso de la moda, marcas como Shein han convertido la renovación constante del catálogo en el centro de su modelo de negocio y llega a incorporar miles de nuevos productos cada día. Esta oferta casi inagotable incentiva un consumo continuo y acelera el ritmo con que se fabrican, se vienen y se descartan las prendas de ropa. El resultado es un aumento de las emisiones asociadas a toda la cadena de producción y distribución, muy superior a lo que generaría un modelo basado en fabricar menos prendas, más duraderas y durante más tiempo.
    • Residuos. Los precios extremadamente bajos hacen que muchos productos sean percibidos como fácilmente sustituibles. Cuando una camiseta cuesta 3 euros o unos auriculares 5, es más probable que se reparen menos, se utilicen durante menos tiempo y se reemplacen antes. Esta dinámica contribuye a aumentar los residuos, especialmente en dos sectores muy presentes en estas plataformas: el textil y la pequeña electrónica. A todo esto hay que añadir los embalajes. Cada pedido acostumbra a llegar envuelto individualmente con bolsas de plástico, sobres, cajas, etiquetas y materiales de protección. Cuando se multiplica este embalaje por millones de paquetes diarios, el volumen de residuos generado es enorme.

    En definitiva, el problema no es solo el producto que compramos, sino un modelo de consumo basado en comprar mucho, comprar a menudo y sustituir rápidamente aquello que todavía podría continuar haciendo servicio.

    ¿Qué sabemos de las condiciones laborales?

    Una de las preguntas que más a menudo genera el fenómeno del ultra low cost es quién fabrica estos productos y en qué condiciones. A pesar de que las grandes plataformas aseguran que exigen a sus proveedores el cumplimiento de estándares laborales, numerosas investigaciones periodísticas e informes de organizaciones independientes han puesto en entredicho hasta qué punto estos controles son efectivos.

    • Jornadas laborales muy largas. En los últimos años, varios reportajes han documentado las condiciones de trabajo en fábricas proveedoras de plataformas como Shein. Entre las situaciones descritas hay jornadas laborales de 12 horas o más, muy pocos días de descanso al mes y sistemas de remuneración vinculados a la cantidad de prendas producidas. Estas prácticas no son exclusivas de una única empresa ni se pueden atribuir a todas las fábricas que trabajan para estas plataformas. Ahora bien, sí que reflejan la presión que genera un modelo basado en fabricar grandes volúmenes, renovar constantemente el catálogo y ofrecer precios cada vez más bajos.
    • Una cadena de suministro difícil de seguir. Conocer el origen real de un producto es mucho más complicado de lo que puede parecer. Las grandes plataformas trabajan con miles de fabricantes y subcontratistas, que pueden cambiar con frecuencia según la demanda. Esta complejidad dificulta la trazabilidad: es decir, saber exactamente dónde se ha fabricado un producto, quién lo ha confeccionado y en qué condiciones. También hace más difícil detectar irregularidades y exigir responsabilidades cuando se producen vulneraciones de los derechos laborales.
      • Transparencia insuficiente. Otra de las críticas recurrentes es la carencia de transparencia. A pesar de que muchas empresas publican códigos éticos o informas de sostenibilidad, a menudo no facilitan información detallada sobre todos sus proveedores, los resultados de las auditorías o las medidas adoptadas ante posibles incumplimientos. Sin esta información es difícil que las personas consumidoras, las administraciones o las organizaciones independientes puedan verificar si los compromisos sociales se cumplen realmente.
      • Un modelo que incrementa los riesgos. Cuando una empresa exige producir más rápido, más barato y con plazos muy cortos, aumenta la presión sobre toda la cadena de suministro. En este contexto, es más probable que aparezcan jornadas excesivas, sueldos insuficientes, subcontrataciones opacas u otras prácticas que vulneren los derechos laborales.

      Por eso, detrás de un precio extraordinariamente bajo a menudo hay una pregunta incómoda pero necesaria: si fabricar, transportar y vender un producto tiene un coste, ¿quién está asumiendo la diferencia? Demasiado a menudo, esta diferencia recae sobre las personas trabajadoras, sobre el medio ambiente o sobre ambos a la vez.

      Comprar ultra barato también tiene efectos aquí: ¿qué pasa cada vez que compramos en estas plataformas?

      Más allá de los impactos ambientales y laborales en los países productores, que se pueden percibir como lejanos, a nivel local los impactos sobre la economía son muy tangibles: afectan las calles donde compramos, los puestos de trabajo de nuestro entorno e incluso los ingresos públicos.

      • Menos negocio para el comercio local. Una tienda de barrio, una librería o una tienda de ropa tienen que asumir gastos que las grandes plataformas digitales no tienen: alquileres, personal, impuestos locales, suministros… Cuando muchas de las compras se desplazan hacia otras plataformas, el comercio local pierde facturación y tiene más dificultades para mantenerse. El resultado es una mayor homogeneización de las calles comerciales y la desaparición progresiva de comercios independientes. Pero las consecuencias no son solo económicas, también afecta la vida comunitaria: menos comercio a menudo implica menos actividad en los barrios, menos relaciones de confianza y menos espacios de encuentro.
      • Ocupación: ¿qué puestos de trabajo se crean y cuáles se pierden? Las plataformas digitales generan ocupación, especialmente en logística, reparto y almacenamiento. Pero a menudo se trata de puestos de trabajo con menos valor añadido y más presión laboral que los que desaparecen en sectores como el comercio, la reparación o la producción local. Además, buena parte del valor económico generado por las compras no se queda en el territorio. Cuando compramos en una tienda local, una parte importante del dinero se redistribuye en forma de salarios, proveedores locales o impuestos. Cuando compramos a una gran plataforma internacional, una parte mucho más grande de los beneficios marcha fuera.
      • Menos capacidad para reparar y reutilizar. El modelo ultra low cost favorece la sustitución antes de que la reparación. Si un objeto cuesta muy poco, a menudo sale más barato comprar uno nuevo que arreglarlo. Esto perjudica oficios locales vinculados a la reparación (costura, electrónica, zapatería, carpintería) y contribuye a la pérdida de conocimientos y actividades económicas que alargan la vida útil de los productos, aparte del impacto evidente en la generación y necesaria gestión de los residuos.
      • Competencia difícil para las empresas responsables. Las empresas que intentan producir con criterios sociales y ambientales o de comercio justo tienen muchas dificultades para competir con productos vendidos a precios extremadamente bajos. Cuando el factor determinante es solo el precio, las iniciativas locales, cooperativas o sostenibles juegan con desventaja. Esto puede desincentivar modelos empresariales como la economía social y solidaria, que generan ocupación de calidad y reducen impactos ambientales.

      La decisión de compra no solo afecta quién fabrica el producto, sino también el modelo económico que reforzamos.

      ¿Qué podemos hacer como sociedad?

      Ante el impacto de las plataformas de ultra low cost, a menudo el debate se centra en qué podemos hacer como consumidoras. Pero las decisiones individuales tienen un recorrido limitado si el mercado continúa premiando los productos más baratos, aunque su coste social o ambiental sea muy elevado.

      Desde el Derecho al Consumo Responsable defendemos que todas las personas tendrían que poder tomar decisiones de consumo alineadas con sus valores sin tener que asumir una carga excesiva de tiempo, dinero o información. Para que esto sea posible, hace falta que las administraciones y las empresas también asuman su responsabilidad y establezcan unas reglas del juego más justas.

      En los últimos años, varios gobiernos e instituciones han empezado a impulsar medidas para limitar los impactos del ultra low cost y favorecer modelos de producción y consumo más sostenibles.

      Medidas que ya se discuten o se están implementando:

      • Regular la moda ultra rápida. de la ultra fast fashion. Entre las medidas propuestas hay restricciones a la publicidad, obligaciones de información ambiental y mecanismos para que los productos más contaminantes asuman una parte más grande de los costes que generen.
      • Exigir más transparencia. Otra línea de actuación es obligar las empresas a informar con más detalle sobre su cadena de suministro: dónde fabrican, qué proveedores utilizan y qué medidas adoptan para garantizar el respecto a los derechos laborales y ambientales. Una información más accesible permitiría tanto a las administraciones como las personas consumidoras tomar decisiones más informadas.
      • Aplicar la responsabilidad ampliada de los productores. O lo que es lo mismo: hacer que quien pone un producto al mercado asuma los impactos. La responsabilidad ampliada del productor es un principio cada vez más presente en la legislación europea. Consiste en hacer que las empresas asuman una parte de los costes ambientales que generan sus productos, especialmente cuando se convierten en residuos. Este modelo incentiva que los productos sean más duraderos, reparables y fáciles de reciclar, en lugar de fomentar la sustitución constante.
      • Incorporar los costes ambientales en el precio. Cuando un producto es extraordinariamente barato, a menudo es porque algunos de sus costes no se reflejan en el precio final. La fiscalidad ambiental busca corregir este desequilibrio haciendo que actividades especialmente contaminantes contribuyan a financiar los impactos que generan. El objetivo no es encarecer el consumo por sí mismo, sino evitar que los productos con más impacto ambiental sean, paradójicamente, los más económicos.
      • Garantizar el derecho a reparar. Alargar la vida útil de los productos es una de las maneras más efectivas de reducir el consumo de recursos y la generación de residuos. Por eso, la Unión Europea está impulsando el derecho a la reparación, que obliga los fabricantes a facilitar piezas de repuesto, información técnica y servicios de reparación durante más tiempo. Estas medidas también pueden reforzar los oficios locales vinculados a la reparación y reducir la dependencia de un modelo basado en el comprar y tirar.
      • Reforzar los controles sobre los productos importados. El enorme volumen de paquetes que llegan diariamente a Europa hace muy difícil comprobar que todos cumplen la normativa sobre seguridad, calidad, derechos laborales o impacto ambiental. Por eso, cada vez hay más iniciativas para reforzar los controles aduaneros, exigir las mismas garantías a los productos importados que a los fabricados dentro de la Unión Europea y evitar que las plataformas compitan aprovechando diferencias regulatorias.

      La responsabilidad no puede recaer solo en las personas consumidoras. Consumir es una decisión personal, pero el mercado en el que compramos es una construcción colectiva. Si queremos que las opciones más sostenibles dejen de ser la excepción, no basta con pedir más esfuerzo a las personas consumidoras: también hacen falta normas que garanticen unas condiciones de competencia más justas y protejan tanto los derechos de las personas como los límites del planeta.

      Fuente: Opcions

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