Varios
Psicopatología de una crisis
Primero se habló de desaceleración, un tecnicismo que pretendía conjurar los temores de la población y quizás de los propios gobernantes, abocados a una legislatura súbitamente adversa. Luego, tras superar cierta parálisis, pudo por fin hablarse de crisis, que pasó de ser prácticamente invisible a convertirse en ‘la madre de todas las crisis’. Poco después […]

Primero se habló de desaceleración, un tecnicismo que pretendía conjurar los temores de la población y quizás de los propios gobernantes, abocados a una legislatura súbitamente adversa. Luego, tras superar cierta parálisis, pudo por fin hablarse de crisis, que pasó de ser prácticamente invisible a convertirse en ‘la madre de todas las crisis’. Poco después comenzó a pronunciarse en voz baja el ominoso término de recesión, otro concepto de la jerga económica, más definido ya por leyes objetivas (dos trimestres de crecimiento negativo, valga el eufemismo) que por las arenas movedizas de la emoción. Y, finalmente, los augures económicos más fatalistas pronostican una depresión que ríase usted de la de ‘el 29’.
Y entretanto, los ciudadanos hemos preferido dejarnos engatusar, deseosos de que nuestros políticos tuvieran razón y la amenaza de neumonía se quedara en un banal catarrillo. Políticos que, inquietos ante la que se avecinaba, han optado por tratarnos no como a ciudadanos maduros y responsables, sino como a súbditos menores de edad a quienes hay que dosificar la información. Tras esta especie de delirio compartido se oculta un mecanismo de defensa conocido en psicología como negación. Un velo emocional que ponemos ante nuestros ojos para tamizar los embates de una realidad demasiado contundente para nuestro equilibrio. Una coraza que tiene su utilidad, a condición de que sea pasajera y de evitar que el velo se transforme en venda que nos condene a una ceguera paralizante.
Cuando la negación comienza a ser inútil porque la realidad se impone con todo su rigor, emergen nuevos mecanismos de defensa. Uno de ellos consiste en la visión distorsionada de la realidad. Así, reconocemos que crisis haberla hayla, pero no entre nosotros. Cuando nuestros gobernantes locales insisten en pronunciar, casi como un mantra, que estamos mejor preparados para afrontar la situación, nos encontramos ante una distorsión perceptiva que debilita nuestra capacidad de reacción. Una distorsión que nos lleva a confiar en que el huracán de la recesión hará un quiebro al llegar a este rincón de Europa, respetando nuestra bonanza económica. Como si, cuando en los salones de baile de medio mundo están apagando la luz de una fiesta bruscamente suspendida, en los nuestros pudiera seguir la jarana. Cuando este desvarío deja de funcionar, se impone la búsqueda de chivos expiatorios. Todo con tal de no salir de cierto infantilismo de ciudadanos prósperos que temen que, de golpe, el castillo de naipes de su economía se tambalee. Y, por último, llegará el sálvese quien pueda, la insolidaridad en sus diversas variantes. Tal como puede verse en la actitud adoptada por los representantes sindicales de nuestros cuantiosos funcionarios con el affaire ‘moscosos’ (esos días de libre disposición que se han convertido en un derecho adquirido de obligado cumplimiento).
Para tratar de dar cuenta de estos procesos existe hasta una línea de pensamiento denominada ‘economía emocional’. En ella, sin olvidar los procesos relativamente objetivos de esta disciplina, se entra a fondo en el conocido como ‘factor humano’, ese concentrado de racionalidad, emociones, expectativas, temores, decepciones, fantasías. que define al animal humano. De ahí que, en un significativo juego de palabras, se hable de la ‘economía real’ y de la otra. Productiva la primera; basada en factores fundamentalmente emocionales la segunda, la economía financiera, en gran medida especulativa. Realmente hemos vivido en un capitalismo con rostro humano. Pero tras el maquillaje hemos encontrado sólo la cara de la codicia, que además se ha diseminado por el cuerpo social convirtiéndose en un valor en alza. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero, como tarde o temprano tenía que ocurrir, ‘se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar’.
Quizás no aprendamos nada de este terremoto. O tal vez pueda aprovecharse tan inquietante coyuntura para exigir algunos cambios de calado, entre los que pueden contarse algunos como los siguientes:
– Compromiso personal, para no volver a endeudarse hasta límites económicos y temporales claramente absurdos. Y para optar en nuestras inversiones por la banca ética, ajena a la economía especulativa e improductiva responsable de la crisis.
– Austeridad y eficiencia en el gasto público, porque no se puede dilapidar el dinero de todos y porque la Administración tiene que ser ejemplar en el gasto.
– Exigencia de responsabilidades a los artífices directos de la crisis para lo que quizás haya que aprobar una nueva categoría penal: el fraude económico global, ante el que, como mínimo, los culpables tengan que responder con el patrimonio amasado a golpe de especulación.
– Acabar con los paraísos fiscales, esos territorios de la opacidad financiera a través de los cuales la economía subterránea se fortalece e infecta el sistema económico mundial.
– Garantizar el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los demás compromisos internacionales (Protocolo de Kioto, etcétera), no vaya a ser que los países empobrecidos acaben pagando los platos rotos de nuestra fiesta.
– Avanzar hacia un gobierno transnacional que permita una administración de recursos a escala planetaria basada en un liderazgo inspirado en valores como la equidad, la solidaridad y la sostenibilidad. Un liderazgo que asegure para las próximas décadas la primacía de la ética, y evite que el destino del mundo esté en manos de cínicos, especuladores y otros sociópatas.
Autor: JUAN CARLOS MELERO PSICÓLOGO







