Ecologismo
Decálogo para la transformación del territorio agroalimentario
Este artículo forma parte del monográfico de Utopías, publicado en diciembre de 2025 en Pikara Magazine y ahora en la web.

Palabras clave en la agricultura hegemónica: monocultivos, falta de acceso a la tierra y especulación, pesticidas, productividad; los petroalimentos convertidos en simple mercancía que acaparan sin límite y por desposesión las tres o cuatro empresas de costumbre (capitalista); explotación hídrica y explotación del campo, explotación humana, violencias, por ejemplo, la esclavitud laboral y sexual que oculta esa bandeja de fresas; sobra comida chatarra, falta relevo generacional, se multiplican los territorios de sacrificio, apenas hay juventud, que mujeres nunca hubo en las cuentas oficiales; siete regantes hombres deciden por las demás, mientras las ciudades consumen y los pueblos obedecen; el vaciado del campo, o sea, cada vez menos personas y el territorio para aquellas tres o cuatro transnacionales, despoblación; tiempos modernizados, los olivares ahora son un cultivo de regadío, regadíos y más regadíos de intensivo; tiempos enlatados, saciarse con mangos de Granada, exigir media sandía y un cuarto de melón en pleno invierno con su correspondiente plástico transparente; la humillación de unas manos sin papeles, jornadas interminables, el gesto agrietado, los espinazos doblados, la mercantilización de la vida. Terratenientes, aguatenientes y blablablá. Muerte.
No hay quien lo aguante, ni un poco ni un mucho. Una agroalimentación sin utopías sería un mundo sin sueños ni rebeldía ni sonrisas, un campo de autómatas privados, incapaces imaginar otros mundos posibles aquí y ahora. Por eso estas heterotopías a las que se llega caminando, los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. Por eso este decálogo abre surcos en el territorio con la mirada puesta en otros horizontes, para sembrar lo que hoy creemos imposible una y otra vez, una y otra vez, hasta recolectar lo posible. Las semillas de este cultivo las seleccionan, mediante conversaciones por videollamada, la agroecóloga y educadora Isabel Álvarez Vispo; la investigadora del Instituto de Sociología y Estudios Campesinos (ISEC) de la Universidad de Córdoba Mamen Cuéllar Padilla; la experta en agua Noelia Márquez, técnica en la oficina regional andaluza de COAG (la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos); además de la campesina Dora Cabaleiro, del Sindicato Labrego Galego (bajo el paraguas internacional de La Vía Campesina y la red estatal de COAG); y, en este caso por teléfono, el cooperativista agroecológico Ángel Calle, investigador en la Universidad de Extremadura.
— ¿Lo queremos muy utópico o poco utópico?, pregunta entre risas Álvarez Vispo, que duda por dónde empezar, aunque tiene claro cómo quiere que termine.
1. La tierra para quienes la cuidan y la sienten, no para cualquiera.
El acceso a la tierra, entendida como un bien común y colectivo, pasa por su desmercantilización, por sacarla de la privatización capitalista en el que está encerrada. Su posterior gestión o manejo, bajo esquemas públicos o comunitarios, en función del modelo elegido, priorizaría en cualquier caso el cuidado del territorio desde un marco agroecológico. Tintinean aquí los ecos del MST (Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra) y La Vía Campesina, también los acordes de Carmen Xía y La Mare en la canción Gaditana:
2. Redistribución territorial y territorios soberanos.
Más del 80 por ciento de la población española se concentra en zonas urbanas (municipios de más de 5.000 habitantes), según las cifras de Naciones Unidas, con una tendencia al alza en el vaciado rural del Estado. Esta distribución demográfica facilita tanto el acaparamiento de tierras, como el extractivismo energético de los grandes embalses, los megaparques solares y eólicos, además de la minería. Por eso la redistribución territorial pasa por hacer que la España rural además de plural sea atractiva, es decir, por repensar cuestiones como los servicios, la vivienda y las infraestructuras para las diferentes latitudes. “Parece que todo el rato hay que estar conectados con la ciudad, como si eso fuera el progreso. Yo lo que quiero es tener una buena red viaria con mi entorno más próximo y tener unos servicios públicos básicos de proximidad”, reivindica Cabaleiro desde Negueira de Muñiz, en la zona montañosa de Lugo. Es decir, no se trata de urbanizar el campo como promueve el desarrollo rural, sino de poner en el centro los valores de los territorios campesinos, sin convertirlos en un decorado. Frente a la dependencia de las ciudades, la soberanía de los pueblos.
3. El campo sostiene el lugar central y marca los tiempos, dejando de ser un mero servicio supeditado a las ciudades.
Las relaciones campo-ciudad dan un vuelco inverso a lo que sucedió con el proceso de industrialización: los mundos rurales sostienen el lugar central, pautando los ritmos de producción y de consumo. “Para eso hace falta que las personas que no son agricultoras vayan de la mano de quienes lo son”, explica Márquez, quien considera que esa “alianza no existe actualmente desde la responsabilidad, apenas desde la compasión o el paternalismo en muchos casos”. Frente a la especulación con el territorio, pese a la pérdida de cultura agraria.
4. Agroecología transformadora en las fincas.
Cuidar, cooperar y cerrar ciclos (es decir, reproducir sin expoliar, reutilizar sin reclamar y campesinizar desde la autonomía territorial) son las tres ‘Ces’ que plantean Calle y Álvarez Vispo en su libro Territorios que alimentan, como sinónimo de una agroecología que sostiene cuerpos, lazos y territorios, una agroecología que recupera suelos. “No basta con la tierra. Es tierra más acompañamiento técnico y financiero”, indica Calle. Se trata de la transformación del sistema agroalimentario, hoy en manos de las grandes corporaciones y los agroquímicos. La soberanía alimentaria y la agroecología como paradigmas.
5. Recuperar las cocinas y cambiar las neveras.
De forma paralela a la transformación en las fincas, la transformación del consumo. Canales cortos para abastecer a los territorios y no a mercados incontrolables, apostando por un cambio de dieta. Hay que salir de los ultraprocesados y comprar alimentos frescos, locales y de temporada; preparar, guisar, condimentar, limpiar… todo eso lleva tiempo, tiempos que también hay que redistribuir. “El modelo social se ha basado en que las mujeres nos incorporamos al mercado laboral, pero no se distribuye lo que pasa en la casa”, subraya Álvarez Vispo. Ser conscientes y consecuentes con el modelo agroalimentario implica asumir la responsabilidad de lo que comemos, pensando quién queremos que lo produzca y quiénes lo cocinan. Renovar el carro de la compra, cambiar la nevera, recuperar de forma consciente las cocinas.
6. Alimentar a las personas y a los territorios, no los mercados.
La transformación agroalimentaria incorpora los cuidados para colocar la vida en el centro; la vida de lo que se cultiva y la vida de quienes lo cultivan, pues “no hay una vida sin la otra”, aclara Álvarez Vispo, para quien se trata de “alimentar a las personas y a los territorios, cuidarlos. Lo contrario de lo que sucede por ejemplo con la PAC [la Política Agraria Común de la Unión Europea], planteada para sostener el mercado”. Desde Territorios que alimentan se habla de vidabilidad. Un cambio que pasa de lo privado a lo estructural, con redes feministas en los territorios, con diseños colectivos de trabajo, de espacios y de comercialización, con espacios horizontales en los que las mujeres se sientan más cómodas, con cooperación social. Por cierto, a veces lo utópico pasa por establecer un protocolo de no agresión, por visibilizar las violencias que atraviesan el sistema agroalimentario, muchas de ellas normalizadas.
7. Sacar del imaginario colectivo el axioma del campesinado como sinónimo de sacrificio, para un relevo generacional y la feminización del sector.
Si el mensaje que se transmite es que se trata de sufrir, nadie va a querer dedicarse a la agricultura, lo que a la postre provoca la actual falta de relevo. La edad media de los agricultores y agricultoras en el Estado supera los 61 años, a tenor de las cifras del Instituto Nacional de Estadística. “Hay que revalorizar al campesinado. La gente tiene que querer dedicarse al campo, hasta ahora muy excluido y denostado”, indica Cuéllar Padilla. “El futuro pasa por romper con la idea de sacrificio, con la idea de que tenemos a la familia y a los niños recogiendo algodón. Que la profesión sea atractiva”, coincide Márquez. Las mujeres están, han estado toda la vida en la agricultura, pero no en las cifras oficiales ni en los papeles con marchamo. “La vida para ellas es mucho más difícil porque es un sector muy patriarcal, muy hostil”, contextualiza Cuéllar Padilla. Frente a la expulsión de las mujeres, la feminización del sector.
8. Un campesinado funcionario y medios de producción comunales.
Que las personas campesinas tuvieran acceso a una renta básica sería un salto adelante para romper con el actual modelo agroindustrial. “Vayamos hacia un funcionariado campesino. Y si nos parece una idea muy bruta es porque en nuestro imaginario no tenemos al campesinado como un sector imprescindible, cuando por ejemplo pagamos el sueldo a policías y militares”, argumenta Álvarez Vispo. De forma puntual ya existen por ejemplo rebaños municipales para favorecer la biodiversidad y limpiar los montes. Desde la cooperativa agroecológica Ribeira do Navia, Cabaleiro pide en este sentido que “las políticas públicas asuman el sobrecoste de producir alimentos que son buenos para el medio ambiente, para la salud de las personas y para la biodiversidad”. Márquez aporta otra clave paralela: pensar en la gestión comunal de los medios de producción, y que así no haya que endeudarse para competir.
9. Maquinaria para cuerpos diversos y una modernización responsable.
La transformación agraria es una cuestión cultural, pero también técnica. Los diseños industriales están pensados para optimizar el rendimiento, pero han olvidado al propio campesinado. Sin ir más lejos, la maquinaria no está pensada para los cuerpos diversos, sino “para un cuerpo muy monolítico: un tío fuerte y grande, cuando más grande, mejor”, subraya Cuéllar Padilla. La soberanía también es deseable en el hardware de la agricultura. Bienvenidas la tecnificación y la modernización cuando mejoran la vida del campesinado, haciendo por ejemplo más cómoda la profesión, sobre todo en la época de recolección. La tecnificación aporta además un plus de flexibilidad. Pero no todo vale, la modernización también acarrea consecuencias negativas, como la sobreexplotación hídrica con la imposición de regadíos superintensivos. Por una modernización responsable y consciente de los límites de un planeta finito.
10. Acceso igualitario al agua, convertida en el indicador clave para limitar la agricultura.
El agua es fundamental en el ciclo de los territorios, en el ciclo de la vida. La agricultura consume de entre el 75 y el 85 por ciento del agua o, mejor dicho, el 20 por ciento de la agricultura consume el 80 por ciento del agua destinada a la agricultura. Y esa minoría es la que urge cambiar. Acceso igualitario al agua, entendida al igual que la tierra como bien común, como ese derecho humano reconocido por Naciones Unidas desde 2010.
— ¿Y entonces por dónde empezamos?
— Siendo superutópicos, pues por una lobotomía a todos los señoros [risas]. Esa sería la vía rápida, que por la lenta ya sabemos lo que cuesta [risas], responde Álvarez Vispo.
Palabras clave para la transformación del territorio agroalimentario: ecotopías, decrecimiento justo, agroecología y soberanía alimentaria. Cuidar, sostener y alimentar como los tres vértices del mismo triángulo. Democratización, redistribución y recuperación de suelos, de biodiversidad, especies y paisajes. La mirada feminista. Tejer redes y articular alianzas. La producción sostenible, el derecho a la nutrición. Una sonrisa, cuatro abrazos y criterios de equidad; relocalización de los circuitos, lo rural y lo urbano en un plano compartido con bases campesinas, la promoción de saberes locales. Imaginar heterotopías desde las campesinas y las agricultoras. Agua. No es solo la tierra, es el territorio. Vida.
Fuente: Pikara Magazine







