Feminismos

“El imaginario del emprendimiento aleja a las mujeres”

Entrevista a Sandra Salsón, socia del Grupo Cooperativo Tangente e impulsora de la Escuela Juana Millán, por Alternativas Económicas

26 Novembro 2025

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En 1537, Juana Millán se convirtió en la primera mujer que firmó con su nombre como responsable de la impresión de un libro en la imprenta que, cuando su marido no estaba, dirigía ella en Zaragoza. Con ese gesto, se zafó de la tutela del hombre para intervenir en el negocio. Se da la circunstancia de que Millán, tres veces viuda, no sabía escribir. Aun así logró sacar adelante con dotes de dirección una imprenta y una librería. Su gen de emprendedora sirve como símbolo y da nombre a la Escuela de Emprendedoras Juana Millán, financiada principalmente por el Instituto de las Mujeres del Ministerio de Igualdad. Se trata de un espacio de formación y asesoramiento para mujeres que quieren emprender, que están emprendiendo o que ya han emprendido. La impulsa la cooperativa sin ánimo de lucro Grupo Cooperativo Tangente. La psicóloga social Sandra Salsón es una de sus cinco socias.

¿Por qué formar solo a mujeres?

Tiene que ver con nuestra experiencia como emprendedoras. Éramos un grupo de mujeres que habíamos creado varias cooperativas a principios de la década de 2000. Teníamos buena formación en nuestras disciplinas, pero no en gestión, dirección, estrategia ni toma de decisiones. En la escuela apenas se enseña economía real y ni en el instituto ni en la universidad se explica cómo operar en el entorno económico.

¿No podríamos decir lo mismo de los hombres?

Existe un imaginario del emprendimiento en el que las mujeres no encajamos. Pensamos en un señor, hoy quizá con zapatillas en lugar de corbata, pero con la misma épica de éxito rápido. El ima ginario de emprendimiento aleja a muchas mujeres, unido al síndrome de la impostora: creer que no sabremos o no podremos. Se repite un mantra de perfeccionismo que tiene mucho que ver con la socialización. Las mujeres están educadas para permanecer en segundo plano. Los hombres siguen ocupando más espacio público.

¿En qué se traduce en la forma de emprender de las mujeres?

La formación convencional en emprendimiento busca acelerar proyectos y ampliar mercados. Pero muchas mujeres emprenden de forma orgánica y, además, compatibilizando cuidados y empleo por cuenta ajena. Sus proyectos requieren más tiempo. Pensamos que hacía falta un espacio en el que se hablara de economía y en el que solo estuviéramos nosotras, para perder el miedo a sentirnos abrumadas por un Excel.

¿Y de economía social le hablaron en la universidad?

Tuve la suerte de conocer el cooperativismo gracias a un profesor de la universidad. Nos hizo descubrir el trabajo horizontal y colectivo, e hicimos las prácticas de la carrera en una cooperativa que ha acabado siendo nuestra madrina. Sin embargo, vimos que el liderazgo del movimiento cooperativo estaba mayoritariamente en manos de hombres. De ahí el enfoque feminista.

La idea de la escuela nace, entonces, de sus propias carencias.

La escuela y Juntas Emprendemos, uno de sus programas y el que le dio origen, ofrecen la formación que nos hubiera gustado tener cuando creamos nuestras propias cooperativas, entre los años 2000 y 2005. Cuando ya habíamos adquirido capacidad para sistematizar nuestra experiencia, la pudimos poner en común con otras compañeras. Poner en común retos y dificultades, y soluciones, es propio de la economía solidaria. Al principio, impulsamos proyectos de formación de un par de meses, más un mes de acompañamiento y en red con otros territorios. Pero la financiación que conseguíamos para ello era cortoplacista y no se adaptaba al acompañamiento a lo largo de toda la trayectoria de las emprendedoras. La escuela, que nace a partir del proyecto que presentamos al Instituto de las Mujeres como servicio de apoyo al emprendimiento, nos ha permitido desde 2021 ampliar los tiempos de la formación, así como su alcance. Antes trabajábamos en colaboración con otros territorios, pero ahora tenemos alcance estatal. Al ser en línea, otra ventaja es la de poder tener presencia en el medio rural. Hay mujeres que quieren quedarse a emprender en su territorio y tal vez allí sea difícil acceder a formación en emprendimiento.

¿Podría funcionar una escuela de emprendedoras sin financiación pública?

Hasta ahora, la financiación procede del Instituto de las Mujeres, complementada con fondos europeos a través de CEPES, que tienen un alcance de seis años y que nos permite sostener el proyecto. También hemos recibido algunas donaciones privadas, como la de la Fundación Finanzas Éticas (Fiare). Pero somos conscientes de que un proyecto de este calado debe diversificar su financiación. Estamos explorando distintas vías, además de las alianzas públicas, sociales o público-comunitarias. Una de ellas es recurrir a la propia base social de la escuela: las mujeres que ya han logrado tener un proyecto estable pueden contribuir de alguna forma a que otras mujeres puedan beneficiarse del acompañamiento que ellas recibieron. También trabajamos en un producto propio, una formación para personal técnico. Y en un curso de formación para formadoras que pueda autosostenerse y ayudar a sostener la escuela.

Las escuelas de negocios, salvando las distancias, son caras. ¿Ustedes?

Ofrecemos un servicio gratuito. Nació así y queremos que siga siendo, un servicio gratuito. Existe una brecha de género en la formación. Muchas mujeres no podrían acceder a la formación para emprender de las escuelas de negocio convencionales porque, en efecto, es muy cara. Son pocas las mujeres que acceden a ellas, en proporción. Y luego están los resultados del informe GEM específico sobre mujeres, del Observatorio de Emprendimiento.

¿Qué le inquieta más de ese informe?

Llama mucho la atención uno de los gráficos referidos a la brecha de género si se analiza con cuánto dinero emprenden hombres y mujeres. Si se divide la renta disponible para emprender en tres tramos, se ve que más de la mitad de los hombres que emprenden lo hacen desde el tercio de renta superior. Y que casi la mitad de las mujeres que lo hacen emprenden teniendo una renta baja. Se parte de una situación de penalización importante. Si se le añade que hay que pagar para formarse, la cosa empeora. La formación al emprendimiento debería ser un servicio público.

¿En qué se diferencian los proyectos de las emprendedoras?

Distintos informes coinciden en señalar que los emprendimientos de las mujeres son más pequeños, se consideran menos ambiciosos y generan menos empleo. También se considera que son menos “innovadores”, entre comillas porque se mide la innovación asociada a lo tecnológico, cuando puede innovarse en otros aspectos. Precisamente cuando se nos preguntó recientemente en qué pensábamos que la escuela Juana Millán era innovadora y se lo preguntamos a las mujeres, en las respuestas se repetían como elementos destacados el enfoque feminista de la economía y la óptica de la economía social y solidaria. Es importante este punto porque la mayor parte de los proyectos que nos llegan suelen ser individuales, y es clave que descubran el emprendimiento colectivo y la posibilidad de hacer red con proveedoras en la misma onda; es decir, la importancia de la red, de formar parte de un ecosistema. Según la última evaluación que hicimos en la escuela, el 85% de las emprendedoras tienen proyectos en el sector servicios, para el consumidor final u otras empresas.

Si los proyectos de las emprendedoras son más pequeños, ¿significa que necesitan menos dinero para arrancar?

Los proyectos del sector terciario conllevan menores necesidades de capital semilla inicial, que oscilan entre los 6.000 y los 10.000 euros. En algunos informes se menciona una mayor aversión al riesgo de las mujeres. A nosotras nos gusta decir que las mujeres, en realidad, son más sensatas y cautelosas y empiezan con cantidades moderadas. Pero cuando vas al banco a pedir un crédito, este tipo de cantidades se suelen orientar hacia un crédito personal, sujeto a intereses muy elevados. Muchas emprendedoras empiezan capitalizando la prestación por desempleo, y las que pueden, tiran de ahorros. La banca convencional ofrece condiciones que no se ajustan a sus necesidades, a diferencia de las finanzas éticas, porque los proyectos de las emprendedoras no suelen prometer crecimientos exponenciales. El crecimiento suele ser orgánico. Los sistemas de crédito dejan fuera a muchas mujeres porque están pensados para enriquecer a quienes los han diseñado, no para el bien común. Otro obstáculo persistente es la falta de referentes de emprendedoras de éxito, que no sean de un modelo al que no queremos parecernos.

Señalaba que hay menos proyectos “innovadores” por su menor componente de tecnología. ¿En qué medida es un problema, en el mundo de hoy?

Hay menos proyectos tecnológicos, pero cada vez hay más: desde los que digitalizan la gestión hasta los que digitalizan las pasarelas de pago. Muchas veces la tecnología nos asusta, pero sucede porque es una tecnología que, a veces, no tiene que ver mucho con nosotras. Una de nuestras emprendedoras, que viene del sector del automóvil en Alemania y que acabó dejando ese sector, señala cómo desde los airbags de los coches hasta las teclas del piano están pensados para el cuerpo masculino. Hay que hacer la tecnología más cercana. Por cierto, que el proyecto de esta emprendedora es una escuela de matemáticas y física para niñas, Ingenia, cuyo método, a la vez, quiere empoderar a las chicas.

¿Suceden a menudo estos cambios de vida?

No es un caso aislado. Dentro de las 2.200 mujeres que han utilizado nuestros recursos, está ese perfil de mujer que ha terminado su ingeniería, o su formación en matemáticas o en física, que ha tenido una experiencia laboral en empresas de la economía convencional de su sector, que no se ha sentido cómoda en ellas y que acaba emprendiendo; por ejemplo, para crear soluciones domóticas pensadas para personas con discapacidad. Hace falta otra mirada hacia el sector de las tecnologías. Sobre nuestra capacidad para formar en este campo, adonde no llegamos nosotras, llega la red: tenemos a más de 70 mujeres colaboradoras distribuidas por los distintos puntos de la Península, expertas en distintas disciplinas. Ah, y otro perfil que se da es el de mujeres que desean un cambio de vida asociado a la maternidad. Se ven expulsadas del mercado laboral y les cuesta volver a entrar, por una cuestión de edad, por ejemplo.

¿De una escuela con enfoque feminista y de economía solidaria salen, sobre todo, cooperativas?

Según el último informe, de junio pasado, la mitad de mujeres aún no ha constituido una entidad formal. De las que sí lo han hecho ya, el 25% lo han hecho como autónomas, el 16% ha elegido una empresa de la economía social y el 8%, una asociación.

Destaca, por tanto, el alto nivel de autoempleo. ¿Le preocupa la autoexplotación en la economía social y solidaria?

Hemos elegido este modelo de forma consciente. Claro que cobramos menos de lo que nos gustaría, pero tenemos vibeneficios para sus accionistas, seguro que, antes, te van a echar a la calle. En una cooperativa, sabes que se hará lo posible por mantenerte ahí. Es un modelo que construye dentro de un modelo que destruye.

¿Siguen emprendiendo menos las mujeres?

Las cifras de emprendimiento femenino y masculino se estaban acercando, pero, después de la pandemia, volvió a ampliarse la brecha que las separa. El porcentaje correspondiente a los hombres continúa en ascenso, mientras que el de las mujeres desciende. Ahora es cierto que este vuelve a aumentar, pero lo hace a un ritmo inferior al que lo hace el de los hombres.

 

 

Sandra Salsón nació hace 47 años en una aldea de la gallega Costa da Morte, El Mosquetín, aunque creció en Madrid. Allí se formó como psicóloga, en la Universidad Complutense, institución donde cursó un Máster en Psicología Social. Es una de las socias del Grupo Cooperativo Tangente, cooperativa de iniciativa social sin ánimo de lucro que elabora y ejecuta proyectos relacionados con el emprendimiento de las mujeres. Con el apoyo de socios como Fonredess, gestiona la Escuela de Emprendedoras Juana Millán.

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